Monumento al escritor desconocido

Por Enrique García-Máiquez. Ilustración: María Elisa Melis

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Ha querido mi suerte que esté leyendo a la vez el inédito de una amiga de la infancia muy querida y el bestseller de una autora súper de moda. Las confluencias son asombrosas: tienen el mismo tema y un estilo muy similar. Lejos de mí el esnobismo invertido de pensar que, porque alguien tiene éxito, es peor que si no lo tuviese.

Incluso, para ser exacto, diré que el best-seller está algo mejor que el inédito de mi amiga. Pero tan pequeña es la diferencia que puedo apostar a que ese escalón de calidad nace de haber sido publicado. Una vez que te anuncian que tu manuscrito será editado, lo corriges con inesperada intensidad. Luego, cuando ves ya las pruebas del libro, con el vértigo de encontrarte en traje de imprenta, digamos, vuelves a corregir con furia nerviosa. Leerte en letras de molde hace que tu autoexigencia suba al nivel que esperas en los libros de otros. Además, tienes la ayuda experta del editor o la editora. O sea, que, si mi amiga encontrase editorial, pasaría por todas estas fases y su manuscrito alcanzaría la excelencia de la obra que leo, con la que tiene tantos puntos en común, empezando por el talento de ambas.

Pero quizá no encuentre editor. Mi amiga está completamente desconectada del mundo literario. Yo puedo pasar el documento de Word a algunos amigos que editan, pero estos se tentarán la ropa. Arriesgan el dinero de sus pequeños negocios, y un autor desconocido, sin eco en las redes sociales, y con un libro delicado y poético, nada escandaloso, es normal que no venda ni para cubrir gastos. Mi amiga jamás se autoeditará ni perseguirá a nadie para que le publique. Cabe la posibilidad, por tanto, de que yo sea uno de los pocos privilegiados que vaya a leer sus prosas.

“Existen vasos comunicantes en la belleza del mundo. Una puesta de sol sin espectadores suma, sigilosamente; y un libro hermoso, porque se escribió, también nos hace mejores”

Eso no las hace mejores, pero les da un aura de melancolía y belleza, como una solitaria puesta de sol en una playa de otoño, sin veraneantes. Es fácil imaginar la de libros preciosos que se deben de haber quedado inéditos, por no ser comerciales, porque no encontraron editor, por una elegante pereza de sus autores, porque se escribieron en un pueblo pequeño y alejado, como el de ella.

No creo, sin embargo, que sea una pérdida tan grave. Hay tanto buenísimo para leer ya publicado que a los siempre sobrepasados lectores no nos da la vida, por un lado. Por otro, existen vasos comunicantes en la belleza del mundo. Una puesta de sol sin espectadores suma, sigilosamente; y un libro hermoso, porque se escribió, también nos hace mejores. La pérdida sería que no existiesen, porque en la contabilidad secreta del mundo habría un descubierto. Dios lleva los números, como los de todos los gestos de amor y de los pequeños detalles de tantos millones de almas anónimas y únicas. Un libro inédito es un monumento desconocido, casi sagrado, símbolo del amor que mueve el sol y las estrellas y que nunca es portada de los periódicos.

Artículo publicado en la edición número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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