Por Rubén Risco
Carmen de la Antequeruela, Granada. 1937. El poeta, dramaturgo y escritor José María Pemán acude a visitar a su paisano Manuel de Falla para escuchar unas canciones arregladas por el compositor a las que debe poner letra. Tras oírlas, el vate le plantea una duda personal que lleva tiempo rondándole: –Maestro, de todos es sabida su profunda fe. ¿Cómo es que no se ha adentrado aún en la música sacra? Falla le responde humildemente: –Maestro sólo es Cristo; yo sólo ejerzo el oficio de la música. Y aunque “el ideal de mi vida es escribir una Misa, todavía no he encontrado la fórmula de la música religiosa: de la música que sea digna de ser ofrecida a Dios. […] Querría encontrar, para hablarle a Dios, una escritura sonora que fuera a la música lo que la prosa de santa Teresa es a la literatura…” . Hace una pausa y con gesto malhumorado, apostilla: – “Pero, claro… ¡Habría que ser santa Teresa!”.
Este conflicto entre su vida y su música nunca pudo resolverlo. Tan solo se atrevió a escribir una brevísima obra sacra de 13 compases: Invocatio ad individuam trinitatem (1935), compuesta para la representación del auto sacramental La vuelta de Egipto, de Lope de Vega.
Entre la modernidad y la fe
Nacido en Cádiz el 23 de noviembre de 1876, Falla, sujeto a las circunstancias de su tiempo, tuvo siempre un pie en la modernidad de su época y otro en la tradición y la fe. Su amigo Federico García Lorca lo expresaba así: “La ortodoxia católica de Falla y el escrupuloso cumplimiento de sus deberes religiosos no empañaba la cordial y amistosa relación que lo unía a nuestro grupo juvenil, muy indiferente en materia religiosa”.
Después de una época de formación en París, encontramos este dualismo muy presente en las obras que escribió al volver a España en 1914, momento en el que oscila entre el folclorismo de El amor brujo (1915) o El sombrero de tres picos (1919), y el impresionismo de su obra más contemplativa: Noches en los jardines de España (1916), estrenada en Granada durante las fiestas del Corpus Christi y que, para Ramón Pérez de Ayala, “aspira y se remonta hacia lo descarnado e incorpóreo”.
Última búsqueda espiritual
En la década de los 20 viró hacia el neoclasicismo presente en el cervantino Retablo de Maese Pedro (1923), inspirado en un episodio de El Quijote, y en el Concierto para clave (1926).
En sus últimos años apenas compuso nada más que su inacabada cantata escénica La Atlántida, basada en el poema épico homónimo del sacerdote catalán Jacinto Verdaguer, que le había impresionado desde niño. Es su obra más espiritual, con momentos de oración como La Salve en el mar.
La oración y la ascética marcaron su vida hasta el final, como recordaba el también músico católico Francis Poulenc: “Nada más entrar en la iglesia, Falla se puso a rezar, y así como cuentan que ciertos santos en éxtasis desaparecen súbitamente de la vista de los profanos, yo tuve esa misma impresión con Falla”.
Artículo publicado en la edición número 81 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





