Máquinas de musculación

Máquinas de musculación

Por Enrique García-Máiquez

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Aquel amigo se extrañó muchísimo de que la publicidad inteligente de internet le ofreciese la compra de máquinas de musculación. Siendo un hombre interesado, sobre todo, en vivir su fe, y también en la ciencia y en la literatura, no podía entender –nos dijo– esa publicidad inesperada, que le parecía humor absurdo. Nosotros también nos reímos mucho, pero por la lógica.

Llevábamos unos días de convivencia juntos y ya nos habíamos dado cuenta, primero, de que estaba a dieta de adelgazar; y segundo, de que el asunto le obsesionaba hasta el punto de que todos los ejemplos de su conversación giraban alrededor de la vida saludable, del peso ideal, del sacrificio por estar en forma, de los gordos y de los sedentarios, etc. Los algoritmos habrían sido un desastre si no hubiesen detectado un interés sobresaliente en el ejercicio físico y, sobre todo, en la combustión de calorías a todo coste.

Si el propósito de este artículo fuese ilustrar la sospecha de que las máquinas nos oyen y las cookies que aceptamos tan alegremente nos hacen un seguimiento, sería un buen ejemplo. Aunque casi todos tenemos otro particular. El mío, por cierto, es impresionante. En la cocina, donde no tenía más aparato electrónico que el móvil en el bolsillo, comenté con mi familia lo mucho que me gustaba tener animales en la casa y que me habría encantado vivir en una granja con gallinas, patos y un palomar. Cuando me fui al despacho a trabajar, la primera publicidad que me saltó en la web fue de huevos de patos a domicilio, de modo que con una incubadora puedes criar cualquier especie del mundo. Algo muy interesante, la verdad, aunque, sobre todo, terrorífico.

Nuestra vida interior se ve mejor desde fuera. La dirección espiritual es una ayuda insustituible, pero también los algoritmos de la web nos pueden echar una mano

Sin embargo, el propósito de este artículo es aprovechar todo para bien; y para eso la anécdota musculosa de mi amigo es mucho mejor que la mía ovípara. Porque quizá no haya nada más difícil que conocerse uno a sí mismo, aunque nos tengamos tan a la mano. A instancias del hambre que estaba pasando por su régimen, mi amigo había empezado a obsesionarse con la dietética. Los algoritmos, infalibles, venían, inconscientes, en su ayuda. Le advertían que, quizá no las máquinas de musculación en concreto, pero que las calorías ingeridas y quemadas estaban colonizando sus neuronas.

Nada nos hace más falta para afinar en la vida que el examen de conciencia. Aquí se produce una inesperada paradoja. Nuestra vida interior se ve mucho mejor desde fuera. Necesitamos de espejos para vernos nuestra cara y, metafóricamente, pasa igual con el alma. En ese sentido, la dirección espiritual es una ayuda insustituible; pero también los algoritmos de la web nos pueden echar una mano. “De la abundancia del corazón habla la boca”, se nos advirtió sabiamente. Nuestros secretos más íntimos, incluso los desconocidos por nosotros mismos, están a la vista y a los oídos y a los algoritmos de quienes nos rodean. Para sacar músculo a nuestra conciencia personal, que es vital, conviene estar pendiente de todos los indicios.

Artículo publicado en la edición número 62 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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