Marian Rojas Estapé: “La fe influye en cómo trato a mis pacientes”

Marian Rojas es la psiquiatra de cabecera de cientos de miles de personas de todo el mundo, gracias a su enorme capacidad divulgativa y a una mirada singular que une, desde la ciencia, mente, cuerpo, espíritu y diagnóstico social. Y aunque cuenta muchas de sus vivencias en sus libros y charlas, pocas veces ha abierto tanto su intimidad como en esta entrevista con Misión.

Por José Antonio Méndez / Fotografía: Dani García 

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Cuando tenía 20 años y era solo una estudiante de Psiquiatría que no podía ni soñar con llegar a convertirse en la autora de no ficción más leída en España, Marian Rojas Estapé se fue un verano al Bronx para ayudar en un internado de niñas traumatizadas. Al poco de llegar, fue recibida como en las películas: con un atraco. 

Lo que ningún guionista hubiera proyectado fue la reacción que tuvo al verse asaltada: comenzó a hablar con su atracador para saber por qué necesitaba dinero, descubrió que era para que su novia abortase, consiguió que la llevase a hablar con ella, se hizo amiga de ambos, les ayudó a superar algunos de sus problemas emocionales y les animó a seguir con el embarazo. Hoy, en Estados Unidos, vive una joven de 18 años que se llama Marian en honor a la española que le salvó la vida y que llegó a viajar a Nueva York para asistir a su bautizo. “Es una historia preciosa, pero la cuento muy poco porque me emociono”, nos confiesa con la voz a punto de quebrarse. Y aunque lo dice con la mirada vagando a nuestra espalda, sentada en su consulta del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas, nosotros sabemos (porque hemos leído sus libros y gracias a ella entendemos un poco mejor cómo funciona el cerebro y el organismo) que su mente está recreando lo que vivió en aquel apartamento del Bronx como si estuviese allí, y su cuerpo está generando las mismas sustancias (sobre todo, oxitocina, la hormona de la felicidad) que la embargaron entonces. Por eso se repone, vuelve a sonreírnos y continúa respondiéndonos a una velocidad de vértigo. Porque la doctora Rojas escucha a sus pacientes con empatía y silencio, sí, pero responde cada pregunta con una fluidez, profusión y autoridad muy poco frecuentes.

Anécdotas como la del Bronx se amontonan en su biografía y dan cuenta de su capacidad para comprender y sanar el dolor ajeno, casi desde que era una niña y visitaba ancianos con una amiga del colegio. Muchas de esas vivencias las relata en su último libro, Encuentra tu persona vitamina (Espasa, 2021), que a las 24 horas de salir a la venta ya era el más vendido en Amazon. Otras, en las conferencias con que llena auditorios y genera miles de visualizaciones en YouTube, o en sus colaboraciones en medios como COPE. Y de todas extrae valiosas lecciones de vida –con respaldo científico– de las que cualquiera puede sacar provecho. Más que una psiquiatra, la doctora Marian Rojas es un fenómeno social. 

Recibe unos 200 e-mails diarios que le piden ayuda, tiene la agenda llena de pacientes, da charlas, sigue estudiando, colabora en medios, tiene un podcast en redes, acaba de publicar el segundo libro en tres años, tiene cuatro hijos, reivindica dedicar tiempo al matrimonio, y propone vivir sin estrés. ¿Se puede saber de dónde saca el tiempo y las fuerzas?

Yo huyo del pluscuamperfectismo. Cuando tienes conciencia de que es imposible llegar a todo, que no todo puede estar en 10, ni en 9, ni en 8, ni en 7, tienes que tomar decisiones según cada momento de la vida, del año, de la semana y hasta del día. Hay semanas en las que me vuelco más en mi matrimonio, otras más en los niños, otras más en el trabajo, otras más en la casa, y otras en las que lo hago todo mal porque quiero llegar a todo y no puedo con nada. Lo de cuidar mis amistades asumo que lo retomaré cuando mis hijos sean un poco mayores (ríe). Pero reconocer esa incapacidad de llegar a todo es esencial para tener una base emocional sana y que no nos destruya la culpa.

Bien, pero algún truco tendrá…

Tengo muy claro que el fin de semana es de mi familia y es casi imposible que trabaje en sábado o domingo. Además, ahora dos tardes en semana no trabajo para dedicárselo a los niños, y mi marido les dedica otras dos. Es una decisión que nos ha implicado repartir una gran carga de trabajo el resto de los días, claro, y cada semana tenemos, al menos, un día mortal, en el que todo sale mal, los dos llegamos tarde…Pero quizás el cambio más grande es que he aprendido a decir  “No” . 

¿No, a qué?

A bastantes cosas. Lo que más me cuesta es decir que no a nuevos pacientes, pero tuve que aprender a hacerlo porque no podía hacerles un seguimiento adecuado. Antes trataba de ver siempre a quien me pedía ayuda, aunque fuese solo una vez. Pero eso me llevó a abrumarme y tuve que cambiar. Ahora, todas las cosas fuera de consulta –charlas, entrevistas, salir en medios, etc.– las escojo mucho, para tratar de llegar a muchísima gente, de un modo muy didáctico, y que ayude lo máximo posible…

“Reconocer que somos incapaces de llegar a todo es esencial para tener una base emocional sana y que no nos destruya la culpa”

Cómo hacer que te pasen cosas buenas (Espasa, 2018) ha vendido más de 350.000 ejemplares en 40 países, y Encuentra tu persona vitamina va por el mismo camino. ¿Qué diagnóstico hace de que dos libros sobre psiquiatría estén arrasando?

Son varios factores. La parte negativa del diagnóstico es que ese éxito indica que estamos bastante regular individualmente y como sociedad. 

¿Por qué causas?

Ya desde antes de la pandemia vivíamos en una intoxicación global de cortisol [la hormona del estrés] sin diagnosticar: ansiedad, cronopatía, perfeccionismo, exigencia, redes sociales, pantallas, gratificación instantánea, adicción a las emociones… Eso está en la base de muchas enfermedades actuales. La pandemia ha incrementado cada uno de esos factores, y lo que es peor, nos ha robado lo que nos servía de contrapeso: el contacto con los demás, los abrazos, las sonrisas, la posibilidad de salir, hacer planes de futuro, conocer gente… Lo que vemos en las consultas es un auténtico drama. 

¿Y la parte positiva?

Que indica que cada vez hay más conciencia de lo importante que es la inteligencia emocional. Yo aspiro a que en 10 años logremos que un adolescente, una señora mayor o un matrimonio joven sepan identificar cuándo están somatizando, cuándo están intoxicados de cortisol, cómo generar oxitocina, cuándo tienen desactivado el sistema reticular ascendente… Es decir, ser capaces de conocernos y comprendernos, porque comprender es aliviar. 

Dice que no volveremos a ser como antes de la pandemia.

Es que ya somos muy distintos y no tiene visos de cambiar en los próximos años. Para empezar, las mascarillas nos han cambiado la vida: no ves la cara de los demás ni muestras la tuya; no podemos conectar nuestros hemisferios derechos del cerebro con normalidad; al ver a alguien mides antes el riesgo que esa persona te supone (o tú para ella) que las ganas de estar juntos… La vida afectiva ha cambiado por completo y tenemos un freno inmenso por el miedo que hemos pasado y seguimos pasando. Y el miedo altera profundamente el organismo. Además, hoy si estás solo no conoces gente, y eso es terrible porque la soledad es la gran pandemia de este siglo, con permiso del coronavirus…

“La soledad es la gran pandemia de este siglo, con permiso del coronavirus…”

¿A qué se refiere?

La soledad, además de que tiene efectos neurodegenerativos, es un veneno. No conozco a nadie que no tenga depresión, que no haya hecho un intento de suicidio, o que no haya llegado a suicidarse, que no te reconociera que se sentía solo. Las grandes enfermedades de la mente están muy ligadas a la soledad, y estamos en un momento en el que nos han bloqueado las relaciones y conocer gente nueva. Por eso se tira de móvil y redes sociales, con los riesgos que conllevan, cuando lo que deberíamos potenciar es vernos en espacios libres, tener contacto con la naturaleza, hacer deporte o ayudar a los demás.

En su último libro explica que el miedo nos intoxica de cortisol y “apaga” la parte del cerebro que permite pensar. El miedo constante del que hablaba antes, ¿puede convertirnos en una sociedad que piense peor y sea más manipulable?

Ese es un problemón. Es la primera vez en la historia que los hijos son menos inteligentes que sus padres, si entendemos inteligencia como la capacidad de filtrar lo que nos llega y quedarnos con lo importante, tomar decisiones porque sabemos qué es esencial y qué accesorio, e interpretar bien nuestras emociones. Esos procesos se dan en la corteza prefrontal del cerebro. Pero con miedo y tensión prolongada, la corteza prefrontal funciona peor: ¡es biología pura! Además, esa región encuentra obstáculos que le hacen funcionar peor y uno es la pantalla. En una sociedad en la que hay tensión constante, falta de afecto, en la que nos cuesta expresar emociones, vivimos a toda velocidad, con el ámbito del amor desconfigurado y gratificándonos a base de pantallas, el cerebro funciona mucho peor. 

Y con la polarización social y las constantes limitaciones del covid, el cóctel es peligrosísimo…

Lo es. Una de las cosas que más me preocupan es la polarización. Desde que empecé a divulgar temas de psicología, humanismo, comportamiento… siempre he intentado no crispar. Para hablar de algo tengo que haberlo vivido en consulta, haber leído mucho, abordarlo desde su base científica… y ser consciente de que genero la menor polarización posible. No por miedo, sino porque hay tropecientos temas que nos generan heridas por nuestro pasado, nuestro presente, nuestro sistema de creencias… y como hoy tomamos decisiones impulsivas y reaccionamos a base de emociones, al final vivimos en un vaivén emocional que nos enferma. Puede ser la política, las vacunas, la religión, la sexualidad o un famoso, que te tocan algo dentro de ti y  “¡bum!”  pierdes el control. Y en redes la situación es peor, porque la pantalla merma la zona del cerebro donde generamos la empatía. 

¿Nuestra sociedad está más herida emocionalmente, o tenemos menos resistencia al dolor que las generaciones anteriores? 

Una mezcla de las dos. Y añadiría una tercera: que tenemos más conciencia de lo que es una herida. Probablemente, antes había mucha gente herida, pero se tapaba. En terapia veo muchísimos casos que tienen su raíz en padres autoritarios, distantes, sin afecto… pero es que esos padres tenían su propia historia de dolor y nadie les sanó. 

Hablando de padres: ¿cómo es el trato con el suyo? ¿Y con su madre y sus hermanas? 

Junto a mi marido y mis cuatro hijos, ellos son mis personas vitamina. Mi padre es con quien me desahogo y a quien acudo en los momentos de crisis. Y con mi madre y mis tres hermanas lo he compartido siempre todo, y ahora que somos adultas, son amigas para mí, porque hacen ese acompañamiento de la vida propio de la amistad, que es maravilloso.

¿Cuáles son las grandes lecciones que ha aprendido de sus padres, más allá de lo profesional?

Una es que mi padre lucha todos los pacientes. ¡Es alucinante! Lo segundo es que es incansable: tiene 73 años y sigue viajando, escribiendo, viendo pacientes, estudiando… Mi madre es una persona que le echa pasión a todo, supereficiente en su trabajo, que busca la excelencia, que te recuerda que tienes que mejorar y te impulsa a hacerlo… Ellos nos han inculcado que hay que dejarse la piel en lo que uno hace, porque quien no se deja la piel no llega a nada, que si estás cansado eres normal, y que, a pesar de que han trabajado mucho y son números uno en lo suyo, lo más importante es que estés presente como padre y abuelo. 

“El miedo nos hace pensar peor y nos altera profundamente el organismo”

¿Por qué defiende en su segundo libro que la incorporación de la mujer al trabajo genera desgaste social? 

Porque aunque suene polémico, los psicólogos y los psiquiatras sabemos que nuestra generación tiene unos cimientos emocionales muchísimo peores que los que se tenían cuando las mujeres estaban en casa. ¡Y lo digo yo, que trabajo muchísimo fuera! La incorporación de la mujer al mundo laboral es maravillosa por muchos motivos, pero tenemos que ser conscientes de que a la vez genera un desgaste social enorme y distorsiona muchísimo la educación familiar y la afectividad, que están en la base de la salud física y emocional de las siguientes generaciones. Nos exige tirar de otras personas para el día a día, lo cual depende de las posibilidades económicas de cada uno, y hace que veamos muy poco a nuestros hijos. La conciliación real exige un cambio muy difícil en el paradigma de la empresa, pero es imprescindible si queremos una sociedad más sana, próspera y estable.

En sus libros no da ni una pauta religiosa, pero expone las bondades de cuidar la salud espiritual. ¿La fe nos hace más felices?

Meditar, rezar desde el abandono y la aceptación, desde el agradecimiento y la confianza, pedir por otros… ayuda mucho. Y quien reza sabe que es cierto. Hay estudios de gran prestigio, llevados a cabo por personas no especialmente creyentes, en los que se explica por qué la gente que tiene fe vive mejor y más años, y tiene mejor salud física y psicológica. Cuando eres creyente, vives en comunidad, sientes que hay un Dios que te quiere, te sientes acompañado, hay un sitio al que acudir cuando no te sientes bien, entiendes que las cosas pasan por algo, sabes que hay personas cerca de ti que se entregan de forma altruista… Si uno se aleja de cualquier prejuicio contra la religión, de forma objetiva, creer en Dios nos ayuda a vivir mejor. 

¿Y entonces por qué nuestra sociedad está cada vez más secularizada?

En España, este es uno de esos temas que generan mucha disrupción: por malas experiencias o falta de experiencia religiosa, por tópicos, por nuestra historia… Por eso, siempre recomiendo que si la religión te supone un problema y te da urticaria, necesitas ver de dónde viene ese sentimiento, porque por ahí probablemente descubrirás otras heridas de tu pasado, de tu familia, de tus relaciones afectivas, de tu niñez, de tus padres… que necesitan ser sanadas.

Y usted ¿cómo vive la fe? 

La fe constituye un pilar fundamental en mi vida, influye en cómo contemplo el mundo y en cómo trato a as personas, y por supuesto, en cómo trato a mis pacientes. Es algo que pertenece a mi vida interior, pero no me avergüenza decirlo; es más, estoy orgullosa de hacerlo. Lo que ocurre es que cada uno habla de lo suyo; y lo mío es la medicina, el mundo emocional, el estudio de la mente y los problemas psiquiátricos. Yo intento ayudar a las personas, y por eso trato de que nadie deje de dar valor a la salud emocional, o a la importancia del cortisol, por mi fe.

¿El contacto tan cercano con el dolor de los demás le afecta en el ámbito espiritual?

He sido educada en la fe católica por mis padres, a quienes la fe les ha guiado siempre y les ha ayudado en momentos tan traumáticos como la muerte de mi hermano [el único hijo varón de Enrique Rojas e Isabel Estapé se ahogó en la piscina familiar cuando tenía dos años]. Pero creer en Dios como un Padre que te quiere es algo muy dinámico, como cualquier relación, y también he tenido momentos de oscuridad. En mi consulta, y sobre todo en Camboya, he visto de cerca cosas horribles que me han afectado muchísimo en el ámbito espiritual y que en su día me hicieron vivir una gran crisis… [con emoción apenas contenida, nos narra una escena de la que fue testigo en un burdel camboyano; algo tan doloroso y brutal que se lo ahorramos al lector, pero que ilustra bien la razón de su respuesta]. 

“He visto cosas que me han causado hondas crisis de fe”

¿Y cómo se repuso de algo así?

Yo me dedico a sanar el sufrimiento y sé que forma parte de la vida. Ante ese drama yo no tengo la respuesta, pero sí sé que quienes hemos tenido ese momento de intimidad con Dios, aunque tengamos altibajos, sabemos que existe y que te cambia la vida. Las batallas de la fe son duras, pero de las malas experiencias y de las crisis de fe se sale si se pelean, y es bueno hacerlo, porque si no, quedan como heridas sin cerrar.

El gen Rojas 

Además de su padre, Enrique, y de su hermana Isabel, la doctora Marian tiene una treintena de primos y familiares que se dedican a la medicina y a la psicología. “Debe de haber un gen Rojas que lo explique”, bromea con nosotros Isabel, que interrumpe brevemente la entrevista para saludar a Misión y retocar el pelo a su hermana para las fotos, con evidente complicidad. “Es la obra que empezó mi abuelo, Luis Rojas Ballesteros”, nos aclara Marian señalando un retrato en blanco y negro que cuelga en su despacho. Despacho, por cierto, cuya puerta está flanqueada por dos nombres: el de Rojas Ballesteros y el de Viktor Frankl, célebre autor de El hombre en busca de sentido. Toda una declaración de intenciones. 

Artículo publicado en la edición número 63 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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