Por Javier Lozano
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
“Todo el mundo me pregunta por qué no estoy casado.Y yo les digo: ¿Pero por qué me tengo que casar? ¿Sólo para tener que divorciarme?”. Así respondía Benicio delToro, conocido actor de Hollywood y ganador de un Premio Óscar, durante la rueda de prensa en la presentación de una de sus películas. Después se supo que su “alergia al compromiso”provenía de grandes sufrimientos en su infancia, como la enfermedad y muerte de su madre siendo un niño y la mala relación con su padre durante su juventud.
A esta misma pregunta respondía el cantante Enrique Iglesias, hijo de Julio Iglesias e Isabel Preysler. Pese a tener varios hijos y una relación duradera no quiere oír ni hablar de matrimonio. “No creo que vaya a querer más a una persona por firmar un papel”, afirma. Desde niño vio en su familia la fragilidad de ese “papel”, pues tanto su padre como su madre se han casado varias veces, y fruto de esas relaciones él tiene dos hermanos y siete hermanastros. De ambos ejemplos se desprende el desprestigio que ha sufrido la institución matrimonial a lo largo de las últimas décadas. La fractura comienza desde sus propios cimientos: hoy se piensa que no es posible que este compromiso dure “toda la vida”. Una tendencia que las estadísticas refrendan. Los datos del INE y Eurostat que se recogen en el informe del Observatorio Demográfico CEU dicen que el 50% de los españoles jóvenes y de mediana de edad no se casará, y de los que lo harán, dicen las cifras, la mitad se acabará divorciando. El resultado es el desplome de la nupcialidad.
Crisis de compromiso
¿Por qué la gente no quiere casarse? Al hecho indudable de la descristianización de la sociedad, con lo que ello implica para la vida sacramental, hay cuestiones del hombre de hoy que son determinantes. “Se ha producido una separación entre los conceptos de amor y compromiso. Lo que tradicionalmente ha estado unido se ha ido disociando gradualmente, pasando de un modelo de amor basado y sustentando en la entrega y donación a un concepto de amor que se identifica con el sentimiento y la mera satisfacción mutua de necesidades: ‘Estoy contigo mientras me sienta enamorado y sienta que me haces feliz’”, señala a Misión Miguel Ángel Martín Cárdaba, profesor universitario y autor de Por qué otros van a fracasar en el amor… pero tú no (Rialp, 2024).
El “otro” ha dejado de ser el importante en la relación amorosa. La clave hoy es lo que uno consigue de ella. Si ya no existe compromiso incondicional, lo cual implica sacrificio, esfuerzo y renuncia, el matrimonio ya no tiene sentido. De ahí que tantas personas no quieran casarse. Son víctimas de la cultura emotivista y nihilista.
El sacerdote José Fernández Castiella, autor de El matrimonio, la gran invención divina (Ediciones Cristiandad, 2024), lo atribuye a la prevalencia de un individuo posmoderno que se caracteriza por la pérdida del “sentido biográfico de la existencia”. Se trata –explica a Misión– de una persona “sin un origen que aceptar, sin un fin al que tender y en ayuno de referencias y criterios objetivos para discernir sus decisiones vitales”. De ahí que “el emotivismo y la inmediatez” – enemigos declarados de una institución como el matrimonio, que trasciende los sentimientos y las prisas– se hayan convertido “en el opio del sujeto posmoderno”.

Beneficios del matrimonio
Pese a todo hay personas que aún deciden casarse. “Los estudios muestran que aquellos que son felices en su matrimonio son más felices que los que no están casados”, recuerda Martín Cárdaba. Esto se explica – añade– porque la felicidad está estrechamente ligada al sentido, y es muy difícil ser feliz si uno percibe que su vida no tiene sentido o carece de propósito. “Al contrario de lo que se nos transmite en la cultura actual, lo que dota de sentido a nuestra existencia se encuentra siempre más allá de ella misma. Y el amor es precisamente el vehículo que te saca de ti y te vuelca en el otro. Amor y sentido son las dos caras de una misma moneda. Somos buscadores de amor porque somos buscadores de sentido y viceversa”, agrega. Pero a su vez el amor no puede desligarse del compromiso. Así, Martín Cárdaba insiste en que “el amor auténtico, el que todos buscamos, es incondicional” y aunque “uno no debería casarse para ser feliz, la felicidad es una maravillosa consecuencia del amor”.
“Somos buscadores de amor porque somos buscadores de sentido”
Un buen discernimiento
Para embarcarse en esta aventura que es el matrimonio hay que tener en cuenta dos aspectos esenciales, que hoy igualmente no están en boga: tener una concepción correcta de qué es el amor y saber elegir con quién emprender este viaje. “Si entendemos el amor como un sentimiento, nuestra relación dependerá de cómo nos sintamos en cada momento. El sentimiento es egocéntrico y fácil, mientras que el amor es generoso, te saca de ti mismo y requiere esfuerzo”, insiste Martín Cárdaba. Por otro lado, es fundamental elegir bien, por lo que el sentimiento nunca debería ser el único criterio de elección. En su libro, Miguel Ángel plantea algunas preguntas prácticas para ayudar a discernir si estamos llamados a compartir esta misión del matrimonio con una persona concreta: ¿Comparte mis valores y mis objetivos vitales? ¿Tiende a ver lo bueno de la vida y de las personas o tiende a la queja? ¿Cómo reacciona ante los problemas? ¿Es alguien a quien le cuesta perdonar? ¿Puedo ser yo mismo y ser sincero cuando estoy con esa persona? ¿Es fiable? ¿Me vale tal y como es o confío en que vaya a cambiar en el futuro?
Para Fernández Castiella, la belleza propia del matrimonio la transmiten los propios esposos fieles con su vida y con su ejemplo.“Es difícil ver a una familia con niños y no sonreír, o ver un matrimonio de personas mayores y no conmoverse”, asegura. Pero existen personas que han sufrido duros golpes por experiencias familiares dolorosas. “Una me contó que optó por el poliamor después de ver la separación de sus padres”, cuenta. Pero estas heridas no son incurables.“El proceso de curación puede ser largo y difícil, pero la libertad es capaz de rehacer a la persona y reconocer la grandeza del matrimonio vivido como vocación, como la perla escondida por la que uno vende todo lo demás”, agrega.
“Una vía eficaz de cómo Dios se hace presente en el mundo es en el amor de los esposos”
Una invención divina
Pero, sobre todo, el matrimonio es un sacramento, y los sacramentos son signos visibles de una realidad invisible. En el matrimonio, indica el padre Fernández Castiella, “lo visible es la mutua entrega de los esposos” y lo invisible es “la Alianza de Dios con su pueblo”. Por ello, afirma que “una de las vías más eficaces como Dios se hace presente en el mundo es en el amor de los esposos, donde la fidelidad matrimonial hace posible que existan verdaderas iglesias domésticas”. La cuestión no es que el matrimonio pueda ser una ayuda para la santidad, sino que “para los esposos, la santidad está en su casa, que es un templo, porque su cariño y su vida corriente es signo eficaz del amor de Dios a los hombres”. Por eso, el matrimonio “es la gran invención divina” para su designio de salvación. “La gran baza de Dios para la salvación de muchos es, junto con los demás sacramentos y en especial la Eucaristía, algo tan genuinamente humano como el amor de los esposos”, concluye.
Por qué es bueno casarse

Sin entrar en la grandeza del sacramento y de las gracias espirituales que conlleva, hay poderosos argumentos que confirman los beneficios del matrimonio.
1. Ayuda a madurar. El matrimonio te hace salir de ti mismo y centrarte en el otro. Al casarte te comprometes en todos los aspectos de tu vida y creas una familia. Supone un compromiso que hace que la relación se transforme. Ofrece una seriedad y solemnidad, que es lo que la hace grande y diferente.
2. Seguridad legal. No cabe duda de que el matrimonio ofrece un marco legal que protege los derechos de los cónyuges, ya sea en términos de propiedad, herencia y ayudas fiscales. Además, este compromiso legal refuerza la importancia del vínculo, algo más potente que una mera palabra o declaración.
3. Más salud y longevidad. Debido a la propia naturaleza del matrimonio y a la forma de vida que entraña, numerosos estudios aseguran que las personas casadas tienden a tener mejor salud y una mayor expectativa de vida en comparación con quienes no se casan.
4. Estabilidad económica. Estudios confirman que los matrimonios tienen más estabilidad económica que otro tipo de uniones, puesto que permite tomar decisiones a largo plazo que maximizan la prosperidad económica de la unidad familiar.
5. Lleva a la felicidad. Aunque el fin del matrimonio no es ser feliz, los investigadores han mostrado que las personas casadas son más felices que las que no lo están. El matrimonio sigue siendo el principal indicador de felicidad, por encima de la situación económica.
UN AMOR PUESTO “A PRUEBA”
Muchos novios dicen hoy que se van a ir a vivir juntos para “probar” y ver si son “compatibles”, y esta práctica se ha normalizado hasta el punto de que muchos creen que es lo que hay que hacer llegado a un momento del noviazgo. Pero “vivir ‘como’ si estuvieras casado nunca es lo mismo que estarlo”, explica Miguel Ángel Martín Cárdaba, que recuerda que “el matrimonio, entendido como un compromiso de entrega total, es una realidad que no se puede ‘ensayar’”. El matrimonio opera un paso del “yo” al “nosotros” con los desafíos propios que esto conlleva, algo que no se da en ningún otro tipo de relación. Avisa también de que en la mentalidad de “prueba” de la cohabitación se puede llegar a “tratar al otro como si fuera una lavadora mientras la garantía está en vigor”. En su opinión, “es difícil saberse querido de verdad en una relación condicional, en una relación ‘a prueba’”.
Otro tópico es que cohabitar sirve para comprobar si “somos compatibles”. Pero, aunque es importante que exista una base de compatibilidad en valores, objetivos vitales y personalidad, la experiencia dice que “la compatibilidad no es tanto un prerrequisito para el amor como una consecuencia del mismo”. Lo realmente importante es amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Este amor de entrega se da en la relación con Dios a través de la Eucaristía y al amado a través del matrimonio, pues la persona deja de ser uno mismo para hacerse una sola carne con su cónyuge.
“Las encuestas lo dicen fríamente: la convivencia previa al matrimonio no garantiza una unión sólida”, alertaba el obispo José Ignacio Munilla en su libro Sexo con alma y cuerpo (Freshbook, 2015). Estos estudios afirman que en la cohabitación hay menos compromiso y estabilidad que en el matrimonio, lo que afecta a los adultos y a sus hijos. Son relaciones inestables, y pasados tres años de cohabitación sólo una de cada seis parejas sigue junta; pasados cinco años, sólo una de cada diez. Además, el riesgo de divorcio aumenta entre un 26 y un 65%.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de E





