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La mesa católica: corazones que se abren al tiempo que los estómagos

En Navidad, la mesa vuelve a ser el centro del hogar. Allí donde se reparten los manjares, se unen también el Cielo y la Tierra. De la mano de Antonio Schlatter, autor de A la mesa con Dios (Rialp, 2016), nos adentramos en el sentido más hondo de la mesa familiar, ese espacio donde el alimento nutre el cuerpo y también el alma.

Por Alicia Gómez-Monedero

El nuevo Testamento sitúa a Jesús en torno a la comida en distintas ocasiones. Su vida pública se inicia precisamente en un banquete de bodas y, más tarde, mientras predica para alimentar los espíritus reparte también comida en abundancia a miles de personas. La Última Cena tiene lugar en la celebración de la Pascua con sus apóstoles y, por si fuera poco, cuando resucita, pide que le den de comer para que sus discípulos constaten que está vivo. Todos estos pasajes de la Sagrada Escritura nos muestran que la comida no sólo alimenta el cuerpo, sino que también juega un papel esencial en la vida espiritual de un cristiano. Y es que “en torno a la mesa se forma el hogar, y con él la familia, y con todo ello la persona”, explica Antonio Schlatter en su libro A la mesa con Dios (Rialp, 2016). Este sacerdote repasa las enseñanzas y la vida de Jesucristo a través de las ocasiones en que quienes lo escuchaban participaban de una comida. Alrededor de la mesa, “Jesús va formando a esa primera Iglesia, apóstoles que llevarán la fe hasta los confines de la tierra”, explica Schlatter a Misión. Y es que a Dios no sólo se le encuentra en la oración y en la Santa Misa, sino también en lo cotidiano. “Para un cristiano toda comida debería ser lo más parecido a un banquete, por trivial que pueda parecer, porque nos debe recordar que estamos esperando el banquete del Reino de los Cielos”, sentencia.

«Para un cristiano toda comida debería ser lo más parecido a un banquete, por trivial que pueda parecer»

Tiempo de banquetes

Pero ¿cómo podemos hacer que nuestras comidas se conviertan en “banquetes”, sobre todo para el alma? La respuesta es sencilla: cuidando los detalles. Una mesa bien puesta, buenas posturas al comer, estar pendiente de servir al que tengo enfrente o una comida bien preparada, nos dice a cada uno que somos importantes. Cada detalle “debe ser un modo de decir a los comensales: ‘Dios te quiere muchísimo, tú eres mejor de lo que piensas’, porque toda comida es un lenguaje”, asegura el sacerdote. En ciertas ocasiones, advierte, habrá que poner más empeño: en Navidad, en las comidas dominicales o en las festividades litúrgicas. “Todo debe estar cuidado con mimo”, subraya el sacerdote. No se trata de recargar la mesa ni de invertir mucho dinero, sino de imitar a la Sagrada Familia. “La Virgen y san José tendrían muy poco, pero seguro que cuidaban cada detalle de las comidas con Jesús; con ese poco conseguirían crear un lugar tan amable que las personas sencillas de corazón –fueran pastores o reyes– deseaban quedarse, como ocurrió en el portal de Belén”, explica Schlatter.

Las conversaciones

Schlatter defiende también que “las conversaciones en la mesa tienen que crear hogar”, no deben girar en torno a temas que tensen el ambiente, como puede ser “la política, tan presente generalmente”. Tiene que ser un punto de encuentro en el que cada uno pueda hablar de lo que lleva en el corazón y donde todos se sientan acogidos. “En este ambiente de hogar es muy fácil hablar de lo sobrenatural porque los corazones se abren al tiempo que los estómagos”, recalca Schlatter, quien recuerda, a modo de ejemplo, la película El festín de Babette. El largometraje cuenta la historia de una exiliada francesa que llega a un pueblecito noruego donde hay una comunidad protestante que se aferra al ayuno y la austeridad. La mujer –extranjera y católica– prepara un banquete excepcional que provoca una apertura a la alegría y sana las heridas. Y es que Jesucristo quiere estar tan cerca de nosotros que, además de elegir este camino cotidiano para evangelizar, se ha quedado con nosotros en forma de pan, confiriendo así al alimento un sentido divino.

«El trabajo debería ser una interrupción entre comidas porque es en la mesa donde nos jugamos todo»

Con ritmo

Schlatter recomienda empezar cada comida con una oración para bendecir la mesa y terminar con la acción de gracias. La oración “es un modo de decir: aquí no estamos solos”, porque invitamos a Dios a estar con nosotros y eso luego se nota en el ambiente que se genera.
Y el sacerdote insiste en acompasar el ritmo familiar al de Jesucristo, “que es pausado y se toma su tiempo para hablar con quienes le rodean”. Nada de prisas porque en los evangelios no aparece un Jesús corriendo, sino alguien que se detiene, conversa y escucha. Para ello, afirma, es esencial comer sin pantallas. No basta con compartir espacio: hay que “mirarse y permitirse tiempos de silencio. Se necesita un hueco para que salga lo que cada uno lleva dentro”, subraya.

Y añade una llamada más: no sólo hay que recuperar el tiempo de sentarse a la mesa, sino también el de cocinar. “Si no tenemos tiempo para cocinar para nuestra familia, ¿para qué lo tenemos?”, plantea. Los sabores, los aromas y esos platos que identifican a cada hogar –“la receta de la abuela”, “la cena de Nochebuena”– construyen recuerdos que perduran. Por eso propone invertir la lógica del día a día: “El trabajo debería ser sólo una interrupción entre comida y comida, porque es ahí, en torno a la mesa, donde nos lo jugamos todo”, concluye.

Viva el vino

Para Schlatter, el vino cumple un doble papel en la mesa: tiene un valor simbólico –“nos recuerda la sangre de Cristo”– y, al mismo tiempo, ayuda a generar “esa alegría buena que necesitamos para no estar cohibidos, para mostrarnos con naturalidad”, explica. No es casual que el primer milagro de Jesús fuera convertir el agua en vino durante una boda: quiso subrayar que Dios debe estar en el corazón de la familia y que “el amor matrimonial debe ser lo más parecido al amor de Dios”, recalca.

Además, recuerda, Jesús no produjo cualquier vino, sino “el mejor y en cantidad sobreabundante”, un sello propio de la acción divina que también se refleja en la multiplicación de los panes y los peces. Por eso, concluye el sacerdote, el vino es un elemento indispensable en toda mesa que aspire a llamarse verdaderamente católica.

Los reservados.
Si bien es cierto que desde finales de verano los dulces de Navidad ya están disponibles en tiendas y supermercados, estos manjares
especiales cobran sentido si se consumen en las fechas adecuadas. Este autor lo explica con el champán: “Si tomamos una copa todos los días, en una ocasión especial ya no lo apreciaremos”. Asegura que hay alimentos que tienen sentido en ocasiones importantes, y si los consumimos a diario dejamos de valorarlos en las fiestas y de darle a las fiestas la importancia que tienen.

Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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