Por José María Navalpotro, periodista y exdirector de Mundo Cristiano
En los años noventa, un obispo brasileño, monseñor Kloppenburg, afirmaba que estaría dispuesto a vender la catedral de su diócesis a cambio de disponer de un canal de televisión. Tenía muy presente la expansión de los evangélicos en su país gracias a sus cadenas. Cerca de cuarenta años después muchos se plantean si realmente es imprescindible mantener medios católicos. ¿Acaso en estos momentos son necesarias revistas, radios, teles confesionales, cuando parece que la evangelización efectiva la hacen gente (muy loable toda ella) como René ZZ, Carla Restoy, las hermanas Finat, Tomás Páramo y María G. de Jaime, María Lorenzo y Chema Mira, o incluso Tamara Falcó? ¿No hay buenos profesionales que sean creyentes en medios no confesionales?(spoiler: no tantos).
Ha llovido mucho desde que uno de los grandes intelectuales españoles, Jaime Balmes, empezase a publicar en 1844 El Pensamiento de la Nación, considerada como la primera publicación periodística católica. Pero hoy en día siguen siendo imprescindibles –adaptados a los tiempos– medios escritos, digitales y en papel. La lectura (más aún en papel) ayuda a la reflexión y a que se asienten las ideas.
Sigue siendo cierto lo que señalaba el poeta y ensayista Enrique García-Máiquez: “Necesitamos en esta sociedad tan fluida que pierde referentes a ritmo de catarata, publicaciones fijas, como faros”. Esa labor la pueden realizar, y la realizan, también medios no confesionales, pero los referentes religiosos son imprescindibles para un lector católico, que quiere claves para entender el mundo, pero con una visión no solo geopolítica o ideológica, sino también con una apertura a la trascendencia y a la esperanza. Por no hablar de realidades estrictamente religiosas que tantas veces no tienen hueco y son desechadas en medios no confesionales.
Hay que tener en cuenta que, además, estos medios sirven para fortalecer la fe del lector, para ayudarle a formarse. Aportan argumentos. Dan pistas para tener una mirada coherente con la fe en asuntos como el conflicto en Oriente Medio, la ideología de género o el desafío de la inmigración.
Podrá pensarse que los destinatarios son, en teoría, sólo un público católico. Pero “no es tarea menor convencer a los convencidos”, repetía hace años José Miguel Pero-Sanz, sacerdote y periodista. Ese público convencido también necesita de argumentos sólidos, discursos coherentes. Convencerse él mismo. Y un último apunte: se necesitan espacios que recojan testimonios que quizá no encuentran hueco en otro lugar. Que reflejen conversiones, historias que resalten la dignidad de la persona, o compromisos vitales de ayuda al prójimo.
Todo ello no vale nada sin un requisito imprescindible: profesionalidad. Hacer bien el trabajo periodístico. Atractivo, moderno y riguroso. Profesionalidad también en directivos que sepan combinar una buena gestión con la comprensión de la importancia de la opinión pública. En ocasiones se perderá dinero. George Soros no tiene reparo en subvencionar medios con pérdidas. Desde los primeros albores del periodismo, quienes han querido influir en la sociedad han sabido que el gasto en comunicación es una inversión. Por influir, por formar, por entretener, por ser faro que guía en la tormenta. Los medios católicos siguen siendo imprescindibles.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





