Por Enrique García-Máiquez
Los más avisados intelectuales de hoy (Gregorio Luri, Jordan B. Peterson, Javier Gomá, David Cerdá, Jorge Freire…) se han dado cuenta de que es imprescindible proponer modelos verticales a esta sociedad que ha apostado por la horizontalidad. Por eso, urgen o a la exigencia educativa o a la virilidad o a la ejemplaridad o al honor ético. Dentro de esta llamada a la rebelión de la excelencia, la hidalguía tiene la ventaja de sus hondas raíces en nuestro imaginario hispánico. Y su punto fuerte frente otras propuestas excelentes es que pone el acento en la conciencia de herederos que han de estar a la altura de sus mayores. Primero de los de la propia familia y luego de los modelos de nuestra historia y cultura. Eso la hace especialmente adecuada para ser enseñada en familia, pues es de donde nace. Y, además, evita el vanidoso y, por tanto, contraproducente sentimiento de hombre hecho a sí mismo. El hidalgo (persona noble, leal, magnánimo) siempre se sabrá en deuda con sus progenitores y, en consecuencia, la gratitud será su actitud predominante.
Hidalguía de espíritu
Pero educar en la hidalguía no es fácil. Teognis de Megara (s. vi a. C.) ya andaba preocupado con esta cuestión: “Engendrar y criar a un hombre es más fácil / que darle un ánimo noble. / Pues nadie aún ha ingeniado tal cosa: / hacer un sensato de un necio / y un noble de un malandrín”.
Para hacer de nuestros amadísimos malandrines momentáneos personas de ánimo noble, hemos de ingeniar cómo instruirlos en la hidalguía del espíritu. Para empezar, han de sentirse orgullosos de pertenecer a su familia. No hace falta tener una ascendencia de aristócratas de sangre. En todas las definiciones de aristocracia, desde la Antigüedad griega y romana a la Edad Media y la Moderna, los más exigentes tratadistas (Aristóteles, Séneca, Marco Aurelio, san Bernardo, Alfonso X, Ramón Llull, el Infante Juan Manuel, Eugenio d’Ors, Juan Ramón Jiménez…) han dejado claro que el requisito sine qua non es la virtud. Pero nosotros, ¿hablamos a nuestros hijos de las virtudes de sus mayores? ¿Contamos historias familiares en las que puedan sentirse identificados y espoleados?
La profesora Carmen Sánchez-Maíllo ha explicado que los romanos empezaron construyendo sus hogares sobre las tumbas de los antepasados, para dejar claro dónde radicaban los cimientos morales. Luego, por razones sanitarias, se evitó esa costumbre, pero se guardaba en casa un altar con los lares, manes y penates. Podemos seguir esa vetusta tradición venerable teniendo en casa cuadros y fotos de nuestros abuelos y bisabuelos, y también recuerdos suyos, y rindiéndoles el homenaje del recuerdo y del recuento de las viejas historias. Nada más que cumpliendo el cuarto mandamiento de la ley de Dios (“honrar a tu padre y a tu madre”), ya estaremos ejerciendo nuestra propia hidalguía, que consiste en tener padres honorables.
Herederos de una cultura
Las tradiciones familiares transmiten ese sentido de pertenencia y de vinculación en el tiempo. Parte del orgullo de pertenecer a una familia es que, a través de ella, se pertenece a un pueblo, a una región, a una patria y a una civilización, nada menos.
Si nuestros hijos pueden heredar una finca en Utrera, magnífico; pero que hereden en todo caso el inmenso latifundio de la gran cultura española y occidental. François-Xavier Bellamy tiene un inquietante ensayo titulado Los desheredados (Encuentro, 2018) en el que explica que las nuevas generaciones se están perdiendo el riquísimo bagaje social, estético y filosófico de Occidente. La definición más breve y más universal la clavó Aristóteles: “Aristocracia es virtud y riquezas antiguas”. ¿Qué riquezas más antiguas que el romancero viejo leído en casa, interiorizado como parte de su historia y de su intimidad?
Enseñemos a nuestros hijos a apreciar el gran patrimonio espiritual a su alcance (museos, discos, películas clásicas, novelas, poemas). Y ya puestos, a apreciar a los amigos y conocidos, sin ver u obviando los defectos, con la elegancia constante del “usted primero”. San Pablo nos lo dejó claro: “Honraos unos a otros”.
Para ello, nos han de ver a nosotros, eslabones de su misma cadena: orgullosos, exigidos y agradecidos. ¿Un solo consejo práctico? Que vean cómo respetamos a nuestros padres, sus abuelos, con veneración y obediencia.
Las grandes virtudes
La santidad consiste en vivir todas las virtudes en grado sumo. La nobleza, por detrás, asume que la santidad ha escogido la mejor parte y sabe que lo suyo es vivir algunas virtudes más cercanas a su espíritu, como el heroísmo. Esto lo explica muy bien la escritora italiana Natalia Ginzburg: “En relación con la educación de los hijos pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”.
Hay, por tanto, virtudes aristocráticas por antonomasia, como la magnanimidad. La más destacada, a decir verdad, es la veracidad. En Japón, la palabra del samurái tiene más valor que el acta de un notario. Nuestro Señor, que era un señor, también lo dijo claro: “Que tu sí sea sí y tu no, no”. Si nuestros hijos no mienten, ya tienen hecha más de media carrera de aristócratas.
Otra virtud aparejada, como subraya Ginzburg, es el coraje y el desprecio del peligro. No contagiemos a nuestros hijos de nuestros naturales miedos de padres y de abuelos. Que arriesguen. La independencia implica gallardía. Jordan B. Peterson, que no anda muy lejos del ideal guerrero para el siglo XXI, insiste en que hay que dejar que los chicos se lancen en monopatín por las cuestas abajo y similares.
El dominio de uno mismo sería una virtud aristocrática indispensable. Que sean señoras y señores de su ánimo, dueños de sí. Si alguien no es capaz de mandar en sus prontos, caprichos y veleidades, ¿qué señorío va a tener sobre nada? El abate de Saint-Cyran avisaba: “Hay un espacio, como seis pies de territorio de alma, en el que nunca deben poner ni imponer su imperio ni ser temidos ni canciller ni nadie”. Ese espacio de libertad interior e imperio de la propia conciencia es un baluarte espiritual. No hay mejor castillo que dejarles.
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





