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Padre Pachús: «Mi sitio era el infierno y en un segundo Dios me recondujo hacia el cielo»

Ramón Mirada “Pachús” (1985) es sacerdote, pero nadie hubiera ni remotamente imaginado que algún día se consagraría a Dios. El lugar destinado para él, viendo su turbulenta historia, eran la cárcel y, cómo él mismo asegura, el infierno. Pero este hijo de la misericordia divina experimentó una conversión radical. En Misión nos habla de su intensa vida, de la fe de sus padres y del Amor enorme que experimentó y del que desde entonces nunca se ha separado.

Por Javier Lozano
Fotografía: Dani García

Su vida ha sido cualquier cosa menos tranquila. ¿Cómo era antes del tsunami que lo arrastró?

Soy el segundo de cuatro hermanos. Mis padres siempre han vivido mucho la fe y nos enseñaron a querer a Dios. Pero mis hermanos eran guapos, divertidos, inteligentes, sociables, y yo me sentía las sobras. Pensaba que Dios me había hecho mal porque era tímido, bajito, gordito y me costaban los estudios. Empecé a tener envidia. Me sentía identificado con Caín, porque veía a Abel en mis hermanos, y me quejaba al Señor por haberme hecho a mí tan mal y a ellos tan bien. 

¿Esta envidia desató su rebeldía?

Nadie quería estar conmigo, me marginaban por mi carácter. Pero entonces llegó al colegio un chico, al que también se le daba mal el deporte y los estudios, que había tenido muchos problemas en su familia y sufría un montón. Encajamos y sentí que podía tener por primera vez un amigo, hasta que me hizo una jugarreta bastante gorda. Durante todo un año hicimos un trabajo y él por su sufrimiento lo destrozó. Al día siguiente al llegar a clase la profesora me preguntó por qué había roto yo el trabajo y lo encubrí. Pero luego supe que él me había delatado y eso me rompió el corazón. Me endurecí y cambié por completo.

¿Qué le pasó?

Empecé a ser muy egoísta y me uní a una tribu urbana; comencé a pintar grafitis. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio por no quedarme solo. En el colegio empecé a pegarme y a tener problemas hasta que mis padres me cambiaron a un colegio religioso.

¿Le ayudó el cambio?

Tuve una actitud aún peor, porque además ya había rechazado al Señor y mi único objetivo era que me echaran. Hice grafitis en el colegio y mis notas iban a peor.  Y un día conseguí un bidón de gasolina y prendí fuego a una parte del edificio. Tuvieron que venir los bomberos, y aunque no tenían pruebas todo apuntaba a mí. 

¿Lo echaron por eso?

Todavía no. Había un alumno que estaba enamorado de Jesús y mientras otros me rechazaban él me hablaba del Señor. Pero un día le robé 40.000 pesetas que trajo para comprar un regalo a sus padres y me pillaron. El castigo es que se lo dijera a mis padres, pero al bajar de la ruta y ver a mi madre recibirme con besos no pude. Era un cobarde. Hasta que el colegio llamó y se enteraron.

¿Cómo reaccionaron sus padres?

Mi madre me recibió de nuevo con besos y abrazos, pero esta vez, con lágrimas en los ojos, me dijo algo que me descolocó: me pidió perdón y me dijo que tenía que haber rezado más y haber estado más cerca de mí.  Y cuando llegó mi padre del trabajo se puso de rodillas, me abrazó y me dijo que me ayudarían, que no tuviera miedo. Pero evidentemente no podía seguir en el colegio.

¿A dónde se fue?

A un internado en Sigüenza, llevado por sacerdotes, donde iban chicos problemáticos. Tenía 13 años y allí empecé a tener mucho miedo. Había drogas, navajas…  Y cometí el error de no contar que tenía miedo. Dormíamos ocho en la habitación y yo lloraba por las noches. Se mofaban de mí,  luego empezaron a pegarme todas las noches y cuando se cansaron intentaban abusar de mí. La poca inocencia que tenía la perdí. Eran chicos igual de heridos que yo, y lo propio del herido es herir.

¿Qué hizo?

Ser peor que ellos. Me metí en las drogas, primero para anestesiarme y luego para trapichear. Sacaba dinero y empecé a ser respetado. Los sacerdotes intentaban ayudarnos, pero no nos dejábamos ayudar. Llegué incluso a pegar a un sacerdote que luego me besó las manos en el día de mi ordenación. ¡La misericordia que ha tenido la Iglesia conmigo no la ha tenido nadie!

¿Sabían esto sus padres? 

Mi madre me veía sufrir y gracias a lo que hizo estoy hablando contigo. No paró de hacer penitencia. Se tomó en serio la historia de santa Mónica y san Agustín, y la cita de  “no le hables tanto a él de Dios, háblale más bien a Dios de él”. Empezó a ayunar y a rezar horas y horas, como la viuda insistente del Evangelio, y puso a conventos enteros a rezar por mí.

¿Por fin cambió?

Tuve que tocar fondo. En Chamartín, cogiendo un tren para ir al internado hice pintadas en un tren y me pillaron. Además, llevaba droga en la mochila. El director evitó que fuera al calabozo y luego llamó a mis padres. Vinieron y otra vez la misma respuesta: de rodillas me pidieron perdón y me dijeron que me querían, como al hijo pródigo. Pero de nuevo me pillaron con droga y me echaron, y me llevaron a otro colegio del que también me echaron.

¿Cómo se sentía?

Sentía que no tenía ninguna esperanza. Vi una película en la que aparecía un leproso y me sentí identificado con él. Me daba asco a mí mismo y daba asco a los que tenía a mi alrededor. Creía que nadie me querría y en ese momento se despertó en mí la idea del suicidio. El demonio estaba todo el día metiendo presión hasta que lo intenté, pero mi hermana Ángela apareció y lo impidió.

Ahora sí que tocó fondo.

Sí, y mi madre con esos ojos llenos de vida me imploró que fuera a una nueva parroquia en Boadilla que tenía a un sacerdote joven, el padre Javier Siegrist. Yo no quería saber nada de los curas, pero fui.

¿Qué ocurrió ahí?

El sacerdote me recibió con una sonrisa de oreja a oreja y me abrazó. Me sorprendió que no tuviera miedo porque la gente se cambiaba hasta de acera. Y de repente me dijo: “¿Hasta cuándo lo vas a hacer esperar?”. “¿Esperar a quién?”, pregunté.  “A Dios”, me respondió.  Y ya harto de la vida comenté: “¡Que se acaben las esperas! ¿Qué tengo que hacer?”. Me invitó a confesar. Me senté y le conté mi vida con pelos y señales durante dos horas y media. Cuando terminé, me dijo:  “Muy bien, Ramón, ¿y qué?”. Esto me encendió. ¡Cómo podía decir eso con todo lo que yo había hecho y sufrido! Sin dejar de sonreír me habló del amor de Dios y me puso una cruz en la mano. 

¿Qué descubrió en ese crucifijo?

La belleza de la Cruz. Vi ahí a otro leproso, lleno de heridas. Había visto miles de crucifijos, pero nunca había detenido mi corazón en la cruz. De repente el sacerdote me dijo: “¿Ves? Tu pasado le da igual, le preocupa tu futuro. Quiere construir contigo un presente nuevo. No le cuentes a Dios lo grandes que son tus pecados, cuéntale a tus pecados lo grande que es Dios. Su misericordia es más grande que lo que me has contado”.

¿Cómo acogió este momento?

Llorando, con una felicidad total, porque yo había buscado toda la vida un amigo y lo tenía delante y no me daba cuenta. Mi amigo era Jesucristo. Dudo de que existiera una persona más feliz en ese momento. Mi sitio era el infierno y, de repente, Dios recondujo mi camino en un segundo y me puso directo hacia el Cielo, como al Buen Ladrón. Fue el 21 de diciembre del año 2001 a las 6 de la tarde. 

Un día para enmarcar.

Pero ahí no acaba. Tras confesar me dijo que me quedara a misa, me hizo hacer de monaguillo, y hasta me puso una túnica, como al hijo pródigo. Me enseñó lo que era un sagrario, que me pareció un imán. Desde ese día no he dejado de comulgar ni un solo día. ¡Casi 25 años ya! No entiendo mi vida sin la Eucaristía, sería una birria de día. No he dejado de ser un pecador, todo lo contrario, pero desde ese día tengo la esperanza del confesionario, que es el lugar más bonito del mundo, como pecador y como confesor.

¿Cómo reaccionaron sus padres?

No paraban de llorar. Estaban alegres. Veían que ya sólo quería rezar, estar delante del Sagrario y amarle. Empecé a hablarle de Dios a los que estaban a mi alrededor. Me readmitieron en el colegio, terminé mis estudios allí y seis meses después, mientras rezaba a las dos de la madrugada con el Evangelio de san Lucas, con el capítulo 5, el de la pesca milagrosa, el Señor me llamó para ser sacerdote. 

Y tras tantos colegios e internados llega al seminario de Getafe.

Me han echado de todos los sitios, pero nunca me echaron del seminario. Es impresionante la misericordia de la Iglesia. Con 18 años me fui al mejor lugar del mundo, al Cerro de los Ángeles. He estado en muchos sitios bonitos en este mundo y te aseguro que el más bonito es este, con el Corazón de Jesús y la Virgen de los Ángeles. Allí hice el discernimiento. Luego me costó años acabar el seminario porque los estudios se me daban fatal, pero al fin, el 12 de octubre de 2011, me ordené sacerdote. Celebré mi primera misa en la parroquia del Santo Cristo de la Misericordia, donde 10 años antes me había confesado por primera vez. Fue precioso. Dios estaba haciéndolo todo nuevo.

¿Su vida sigue siendo tan intensa?

¡Buah! Me han pasado cosas que no me resisto a contarte. Te cuento tres. La primera fue cuando llevaba un mes de sacerdote. Salía tarde de casa de un matrimonio y me topé con un chico con las mismas pintas con las que iba yo antes. Se me acercó. Pensé que me iba a pegar, pero no, me preguntó: “¿Usted es sacerdote?”. Asentí y me dijo: “Me iba a suicidar y le dije a Dios que, si existía, me mandara una señal. Y ha aparecido usted”. Había tenido una vida idéntica a la mía. Hablé con él y hoy está casado y he bautizado a sus hijos.

¿Cuál es la segunda?

Pocos meses después estaba celebrando la misa en Alcorcón y había un chaval que lloraba y reía todo el rato. Pensaba que estaba loco. Al acabar se acercó a la sacristía y me dijo: ¿Te acuerdas cuando te echaron del colegio? Soy el chico al que robaste”. Me puse de rodillas y le pedí perdón. Me levantó y me dijo algo que no olvidaré:  “Desde el día que te echaron no he dejado de rezar ni un solo día por ti. Hoy mismo he rezado por ti. Pedía para que te encontraras con Jesús, y Dios me ha dado mucho más de lo que le he pedido”.

¿Había ido a la parroquia a buscarlo?

Qué va. Había ido a visitar a su abuela, que era de allí y, tras visitarla, fue a misa y me encontró celebrando.

¿Y la tercera?

Me pasó hace poco. Un chico llamó a la parroquia porque había visto un vídeo mío por internet. Era el chico que había roto el trabajo de clase cuando era niño. Se había quedado con ese dolor en el corazón y me había buscado de muchas maneras, hasta que un día puso Ramón Mirada en internet. Ahora se está acercando a la Iglesia. Dios ha hecho nuevo todo lo que yo había estropeado.

¿Pudo pedir perdón a sus padres?

Les pedí perdón, pero no solo ese día, sino desde ese día. Intento reparar, porque sigo fallándoles; ojalá pudiera reparar más. Pero es verdad que siempre he encontrado en ellos su perdón.

¿Cómo pueden ayudar unos padres a un joven que esté metido en el infierno como lo estuvo usted? 

Primero, con ayuno, penitencia y oración, un trío que va unido. Antes de apelar a los corazones, hay que ganárselos. ¿Cómo se ha ganado Jesús a las almas? Sufriendo por ellas el calvario. Para ayudar a una persona, primero tienes que sacrificarte desde el silencio oculto. De manera que luego, cuando los padres estén delante de su hijo, puedan darle misericordia: quererle, sanarle, hablarle. Todos vamos primero con la palabra, pero el paso previo, la penitencia, casi nadie lo hace.

A un adolescente herido ¿qué le diría?

Que tiene hambre y sed, pero que sólo hay un Dios que se ha hecho alimento y bebida. Y que por eso las cosas del mundo siguen dándole más hambre y más sed. Y que si le da la oportunidad, verá lo especial que es para Él. Le diría que no es tanto que él busque a Dios, sino que Dios ha salido a por la oveja perdida. Hay un ejemplo genial para explicarlo y que me gustaría poder contarte.

Pues adelante…

El cardenal Van Thuan dice que Jesús no sabía matemáticas y que si le hubieran puesto un examen, habría suspendido, porque para Él 99 es igual que 1. Es capaz de dejar 99 sólo por uno. Nuestro Dios está lleno de defectos preciosos y uno de ellos es que Jesús no sabe matemáticas. Jesús sólo sabe contar hasta uno. Y por un chico es capaz de dar todo el amor del mundo. Todo, sin reservarse nada. Sólo por él.

Para acabar, ¿cree que el Señor ya lo había elegido para sacerdote antes incluso de nacer? 

Dios no ha recalculado la ruta como un GPS. Mi vocación ha sido buscada desde que me pensó. Él no pensó en un hijo, sino en un hijo sacerdote. Luego tú puedes hacer con tu vida lo que quieras, porque Dios es un caballero y respeta la libertad. Pero te aseguro que mi vocación es eterna. Yo he nacido siendo sacerdote. No ordenado, pero sí como sacerdote en el corazón de Dios. Igual que la Virgen era el sueño de Dios, yo soy otro sueño de Dios. 

Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.



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