Pornografía

Se publicaba en el número anterior de Misión un reportaje sobre la adicción a la pornografía, con motivo de la publicación de un libro del peruano Óscar Tukumura sobre el asunto. En dicho reportaje, podíamos leer que el consumo compulsivo de pornografía (y todo aficionado a estos contenidos acaba adquiriendo hábitos compulsivos) tiene efectos semejantes a los de algunas de las drogas más destructivas, y también que –según un estudio del instituto alemán Max Planck– podría llegar a disminuir determinadas zonas de la masa cerebral.

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: Loreto Fernández

No creo, sin embargo, que las presuntas secuelas orgánicas o fisiológicas que deja el consumo de pornografía sean las más graves (ni tampoco las más notorias); pero tal vez una época que niega la existencia misma del espíritu necesite, para calibrar la magnitud de sus aberraciones, asignarles consecuencias fisiológicas.

En el reportaje citado leíamos también que un 30 por ciento de las páginas de internet que se visitan cada día son de contenido pornográfico. He aquí una cruda verdad que se trata de escamotear cada vez que se ponderan las ventajas y maravillas de internet, cada vez que se enumeran las muchas utilidades que ha introducido en nuestra vida. La amarga realidad es que una tercera parte de las personas conectadas a internet están masturbándose o, al menos, incubando fantasías sexuales morbosas que poco a poco van minando su afectividad, que poco a poco las van incapacitando para una sexualidad sana, que poco a poco las convierten en patéticos monstruos que no son capaces de tener relaciones fecundas y duraderas.

Sin embargo, sobre esta realidad oprobiosa, nuestra época corrompida calla; y, cuando no calla, trata de urdir justificaciones repugnantes que niegan los efectos estragadores de la pornografía, la huella calcinadora que deja en nuestras almas. En alguna ocasión, hemos llegado a escuchar en la televisión apologías de las “infidelidades virtuales”, y lo cierto es que las llamadas “agencias de contactos” de internet hacen su agosto y se publicitan con absoluta normalidad, aunque todos sabemos que se lucran con la descomposición moral y afectiva de las personas. Nuestra época es incapaz de hacer un juicio ético sobre las cosas (que, según Aristóteles, es lo que distinguía al hombre del resto de los animales), y no se atreve a juzgar las flores venenosas nacidas de su indiferentismo moral, que está convirtiendo nuestras sociedades en enjambres de putrescencia y abyección. Decía Chesterton que, cuando la fuerza de la sexualidad es tratada como si se tratara de una función fisiológica básica, como el comer o el dormir, acaba convirtiéndose en una fuerza arrasadora que nos destruye, y que, de paso, destruye a quienes nos rodean. Porque la sexualidad humana (a diferencia de la animal, puramente instintiva) es imaginativa, y cuanto más se alimente con novedades excitantes, más se pervierte y desembrida, hasta alterar nuestra conducta, hasta aniquilar nuestros afectos, hasta adulterar nuestras pasiones, hasta infectar nuestros sueños con las fantasías más purulentas y tenebrosas, hasta alienarnos de nuestra propia humanidad. Pero de la plaga pornográfica que, a través de internet, está destruyendo matrimonios y disolviendo familias, condenando a la soledad y a la angustia a muchos millones de personas, no se habla. Es un tema tabú, tal vez porque no soportamos mirarnos al espejo y vernos convertidos en monstruos.