La revista más leída por las familias católicas de España

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Proteger inocencia

Proteger la inocencia: el secreto para salvar el mundo

La inocencia es un don. Los adultos están llamados a preservarla en sí mismos y a custodiarla en los niños. Hoy se arrebata a los menores, casi con violencia, este gran tesoro necesario para madurar. Es preciso desenmascarar qué tácticas se utilizan para ello y recordarle a los heridos que la inocencia se puede restaurar.

Por Javier Lozano

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

Con apenas tres años su madre le abandonó dejándole atado a un poste de electricidad. A los cinco, su padre le propinó una paliza que le dejó en el hospital hasta los siete años. Fue maltratado en el orfanato, pasó por el reformatorio y a los 12 años era ya un delincuente. Fue violado, maltratado y cayó en las redes de la prostitución. Todo antes de los 16 años. Esto y mucho más sufrió Tim Guénard, al que le arrancaron la inocencia de todas las maneras posibles. 

Pero su historia no acabó ahí. La luz venció a las tinieblas. Gracias a Dios y a personas que Él puso en su camino, la vida de Tim dio un giro de 180 grados en un largo proceso en el que pudo perdonar, amar y sentirse amado, y en el que poco a poco fue recuperando esa inocencia que le había sido robada en su infancia. Guénard ha contado su historia muchas veces, también en la revista Misión. Hoy está casado con Martine, es padre de cuatro hijos y acoge a pocos kilómetros del santuario de Lourdes a personas con dificultades. “Doy fe de que no hay herida que no pueda ir cicatrizando lentamente gracias al amor”, cuenta el propio Guénard en Más fuerte que el odio (Gedisa, 2003), bestseller que ha ayudado a decenas de miles de personas en estos años. 

Los adultos también necesitan ejercitar la virtud para mantener su inocencia

Un don y una tarea

La inocencia está usualmente vinculada a la infancia, porque es en esta etapa en la que se manifiesta con más claridad. Pero el gran error (y también el éxito de las ideologías que en toda la historia han buscado destruirla) es creer que únicamente puede ser un atributo de los niños pequeños. “Que sea propia de los niños no implica que los adultos debamos desistir de ella. Lo que por naturaleza se nos da, por virtud podemos mantenerlo, por eso la inocencia es un don y una tarea”, explica Álvaro Roca Palop, doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria. Hoy se asume que para ser adulto y triunfar hay que desprenderse de esta inocencia, y esto ha calado profundamente en los adolescentes. 

Candor, dulzura, limpieza, pureza, sencillez, ternura, transparencia, nobleza, espontaneidad, ilusión por la vida, gusto por la obediencia… Son elementos propios de la inocencia. Y ser adulto e inocente es posible:  “Gracias a la inocencia podemos enfrentar los problemas y los avatares de la vida con la frescura y confianza de un infante y con la madurez de un adulto”. Así, la persona que la conserva “es capaz de descubrir muchas cosas que otros no saben ver, consiguen evitar males y disfrutar plenamente de la vida”. Y, sobre todo –añade Roca Palop– tienen “juicio moral y criterio para valorar”. 

Es precisamente este discernimiento lo que se quiere borrar destruyendo la inocencia. Una persona que sabe distinguir con claridad lo bueno de lo malo, lo que le conviene o no, es un estorbo para las ideologías que intentan dominar a la persona. 

“Detrás de esa destrucción de la inocencia está la aniquilación de lo que hace humano al hombre (la dignidad, la libertad, la conciencia, la verdad, la belleza, las virtudes…). Cuando pierde esas notas esenciales te asemejas más a un animal desbocado que a una persona cabal. Se busca despersonificar al ser humano, y para ello resulta importante empezar por la infancia, donde la persona está aún indefensa, no tiene criterios definidos, y se la logra reconducir hacia intereses concretos”, añade Roca Palop. Adoctrinando a los niños de hoy se controlará a los adultos del mañana. 

Quien sabe discernir el mal es un estorbo para las ideologías

Proteger inocencia

Los niños, el gran objetivo

La ideología de género y el feminismo, unidas a la hipersexualización y al hedonismo, son los principales responsables de esta espiral contra la inocencia de los niños. El objetivo es reducir la infancia a la mínima expresión, hacer de los niños pequeños adultos o adolescentes prematuros, cuando no están preparados para ello. Las formas de lograrlo son diversas: regalar un smartphone antes de tiempo; facilitar el acceso a las redes sociales sin restricciones; promocionar el acceso a series, películas o música –como el reguetón– con letras inapropiadas y contenidos explícitamente sexuales; permitir formas de vestir que no guardan el pudor; no imponer límites, incluso los más básicos: consentir todos los caprichos o anticipar información que no corresponde a su edad. Todo esto rompe el ritmo armónico de su maduración y hace que el niño deje de ser niño. 

Patxi Bronchalo, sacerdote de la Diócesis de Getafe, explica a Misión que los padres deben plantar seriamente cara en la defensa de los niños. “No tenemos que ser ilusos y lo más importante es no dejar que entre en nuestros hogares aquello que les va a robar la inocencia. Los padres deben ser los primeros y principales educadores, muy por encima del colegio”. 

Muchos padres, sin ser conscientes, y en bastantes ocasiones, son los que están inculcando todo esto en sus hijos. “Una de las consecuencias de esta cultura líquida es que hay adultos que viven una adolescencia eterna y convierten a sus hijos en adolescentes desde una edad temprana. Les hipersexualizan y les crean una forma de ver el mundo que les quita la inocencia”, afirma este sacerdote que acompaña a numerosos jóvenes y familias. 

Mención aparte merece la pornografía, una “pandemia silenciosa” que está robando la infancia a millones de niños y creando ejércitos de adictos. Bronchalo, autor del libro Cuando el sexo te atrapa (Nueva Eva, 2020) señala que el porno “estimula todo un ciclo adictivo”. Muchos caen en esta pendiente resbaladiza a partir de contenidos que no consideraban pornográficos. “Hablo, por ejemplo, de las letras del reguetón, de series de Netflix como Élite o de libros como 50 sombras de Grey, que pueden acabar llevando al consumo de escenas de genitalidad y después a experiencias fuertes e incluso delictivas”, agrega. ¿El resultado? La visión del propio cuerpo se altera y se distorsiona lo que es la sexualidad, porque el porno –advierte– “te maleduca en una mentalidad que cosifica al otro”. 

Restaurar la inocencia

Pero no hay que perder la esperanza, la inocencia se puede restaurar, como hizo Tim Guénard, aunque cuanto más daño se haya causado a un niño o a un joven, más doloroso será sanar las heridas. “Un factor clave es el abandono de las antiguas estructuras, tener el acompañamiento de alguien querido o cuya vida nos atraiga y nos haga replantearnos nuestro estado. El verdadero motor de cambio es el anhelo de algo mejor y el inconformismo con la mediocridad y la mundanidad”, señala Álvaro Roca. 

Es necesario estar al lado de los hijos, pues la soledad puede ser un detonante para engancharse a cualquier cosa. Un adolescente –insiste Bronchalo– necesita encontrar el sentido de su vida, un gran ideal, conocer a Dios, hacer buenos amigos y tener una sana autoestima. Para ello, es necesario  “hablar mucho con ellos, escucharles, darles cariño y ofrecerles una buena educación en la afectividad, la sexualidad y el valor del cuerpo”. 

La pornografía te maleduca en una mentalidad que cosifica al otro

“Custodiar la inocencia de los hijos pasa por trabajar seriamente por recuperar la nuestra. Así es como ellos podrán reflejarse en nosotros. Los hijos se benefician directamente de los procesos de crecimiento y sanación de sus padres. Quien invierte en inocencia cosecha inocencia para sí y para los suyos”, concluye Roca Palop. 

“CUIDAR EL ASOMBRO ES INVERTIR LA INOCENCIA» 

“El asombro tiene el poder de convertir las cosas desapercibidas en algo portentoso, lo gris en colorido, lo ordinario en extraordinario, lo viejo en nuevo. El asombro restaura y potencia las capacidades humanas. Donde el mundo ve puertas cerradas, el asombro abre ventanas. El asombro hace que podamos ver oportunidades y crea esperanza. Los pequeños saben bien de esto, por ello contemplarles es un espectáculo, e imitarles nos hace participar de ese asombro innato que por el camino hemos perdido. Cuidar el sentido del asombro es invertir en la inocencia propia y en la de los demás. Por ello, hay que insistir en educar el asombro. Ciertamente, la pérdida del asombro es consustancial a la pérdida de la inocencia, de ahí que la recuperación de una implique a la otra”, indica a Misión el profesor Álvaro Roca Palop.

Artículo publicado en la edición número 70 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.

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