Por Isabel Molina Estrada
Pintura: Paseo a orillas del mar, Joaquín Sorolla
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Muchos hoy se visten mal, no sólo en su vida diaria, sino también para asistir a eventos memorables, como una graduación o un acto oficial o para acudir a lugares sagrados (a Misa o a una boda, una comunión o un funeral). ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha renunciado esta generación a la elegancia?

Ana Paula Barros, autora del libro Modestia: el camino de la belleza y el orden sagrado (disponible en portugués en la Editorial Lisieux, 2023), explica que las modas actuales forman parte de una gran “fábrica social” en la que se impone a todos vestir de vaqueros (jeans) y camiseta. Y esto no es casual, porque la vestimenta, al igual que las posturas y los gestos, comenta la autora, “son parte del discurso social, son un lenguaje más para transmitir ideas y convicciones que pertenece al entramado de los símbolos”. Y es que, tal y como advertía la condesa Gertrude von Le Fort, filósofa y teóloga católica, “el símbolo nunca es insignificante”. Para que las ideologías arraiguen en la cultura, asegura Barros, es preciso “silenciar o pervertir las enseñanzas cristianas, también en el modo de vestir, y lograr que los creyentes dejen de prestar atención al discurso que pronuncian con su comportamiento”.
Los gestos y el vestido pronuncian un discurso cargado de valores
La marca de lo horrendo
Barros afirma que la buena postura, la vestimenta armónica y los gestos mesurados y amables crean una atmósfera cordial que está hoy casi extinta. “Con la descristianización del estado y de la escuela y la renuncia a la educación moral se dejó de considerar importante educar en la elegancia. A estos aspectos de la educación se los consideró restrictivos. El resultado es un aumento creciente del “culto a lo feo”, del descuido, y un empeño por construir una apariencia que se ajuste a modas pasajeras. Las industrias de la moda y del arte, alentadas por las ideologías, quieren imprimir en las personas –imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto hermosas– la marca de lo horrendo”, sentencia.
Barros evoca a Gustavo Corção, uno de sus autores favoritos, en Conversación en sol menor. Recopilación de recuerdos (disponible en portugués en VIDE Editorial, 2018): “La ciudad era hermosa como las niñas de aquella época. Cuando eran pequeñas cantaban en círculos, y en todos los barrios las canciones infantiles marcaban el anochecer […]. La calle de la ciudad ayudaba a la gente a vivir. […] ¿Quién se atrevía a tocar ligeramente el cuerpo sagrado de una joven? […]. La gente vestía mejor, la postura del cuerpo era más erguida, más resuelta, más enérgica que hoy. Hojea tú mismo, lector, el álbum de tus abuelos y fíjate que iban más decididos y firmes. ¿Qué ocurrió con los hombres, con las ciudades? ¿Qué sucedió?…”.
El arte de saber elegir
La palabra elegancia proviene del latín eligere que significa “hacer una elección”. Por lo tanto, según explica Barros, la elegancia es el arte de optar por lo mejor en el terreno moral. Y añade que “cuando una persona realiza sus elecciones de acuerdo con razones trascendentes, la elegancia se manifiesta en sus posturas, en su tono de voz, en sus gestos y en el refinamiento en su modo de vestir”.
A menudo, se cree que la elegancia consiste en cumplir con ciertos códigos sociales para quedar bien o ser apreciado por los demás. Pero una persona elegante y de buen gusto, advierte la autora, es la que “sabe elegir teniendo en cuenta la voluntad de Dios, la Tradición católica y la belleza que emana de la evangelización silenciosa”.
Los seres humanos se sienten atraídos dulcemente y de forma natural por la belleza porque irradia luz, no sólo física, sino también espiritual. “La belleza es el resultado de la armonía, la integridad y la claridad”, indica Barros, quien distingue tres formas de belleza: la estética, la moral y la espiritual. “La belleza estética se capta mediante la observación de la pureza, que es el resultado de la armonía en la forma. La moral surge del equilibrio del alma. Y la espiritual es la capacidad de llegar a la Verdad, que es Jesucristo. Sólo es posible que algo sea bello si la belleza estética está subordinada a la belleza moral y espiritual”. Por lo tanto, la elegancia sólo conduce a la belleza cuando las elecciones se subordinan a la moral cristiana y a la Verdad. De lo contrario, se convierte en una mera adhesión a reglas de etiqueta (mera ética) que pueden no tener valor eterno.
“La elegancia ayuda a la recristianización, ya que refleja la belleza del alma unida a Dios”
El culmen de la elegancia
Una persona puede ser elegante sin necesidad de llevar joyas o accesorios, simplemente por el hecho de vestir un atuendo modesto y por expresarse con gestos armónicos. Para lograr este refinamiento, Barros sugiere buscar la asistencia de san José, por su presencia varonil y modesta, y de la Santísima Virgen, culmen de la elegancia y “maestra de la elegancia espiritual”, como la llamó sabiamente san Ildefonso.
Barros alerta de que nos han hecho creer que para vernos bien es necesario construir un “rostro sobre el rostro” [maquillajes excesivos], un “cabello sobre el cabello” [peinados elaborados], y un “cuerpo sobre el cuerpo” [atuendos demasiado vistosos], y nos olvidamos de que la belleza es espiritual y puede ir unida a la sencillez. “En general, la cantidad e intensidad de accesorios y el empeño por llevar prendas y objetos llamativos generan ruido a la belleza natural de la persona”, asegura.
En resumen, de acuerdo con esta autora, la elegancia es un atributo indispensable para la recristianización, ya que actualiza en la persona distintas verdades cristianas: la belleza de ser imagen y semejanza de Dios, el respeto por el cuerpo de los demás y por el propio, el valor de la belleza del alma unida a Dios, las bendiciones y responsabilidades de la filiación divina (que varían en función de la misión y los dones que cada uno ha recibido), el valor de los lugares consagrados al culto, el deber de adorar a Dios con cuerpo y alma, y la capacidad para mirar de cerca la belleza que nos rodea.
MODESTIA Y ELEGANCIA
“Si la elegancia es el arte de elegir bien, la modestia es la práctica de la moderación en todo”, indica Ana Paula Barros. Y explica que la relación entre ambas virtudes es que una elige y la otra lo pone en práctica, lo cual es esencial porque a veces nos cuesta llevar a cabo las decisiones que tomamos. Además, el pudor y la modestia son virtudes hermanas. “Una protege los sentidos (y la noción de lo privado) y la otra protege el cuerpo. Por lo tanto, si la elegancia es considerada de manera cristiana, la elegancia, el pudor y la modestia van juntas”, explica. Sin embargo, si el estándar de elegancia es sólo el de la etiqueta social, es posible que una vestimenta chic no sea virtuosa ni elegante porque selecciona piezas que exponen el cuerpo y lo hacen vulnerable. De ahí que la elegancia supone el ejercicio de la templanza, junto a las virtudes que de ella emanan: sobriedad, mansedumbre, continencia y modestia, al igual que otras como la cordialidad y el respeto por los demás.
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





