Por Miguel Sanmartín Fenollera
A menudo, el hombre no se reduce a su obra, pero, en ocasiones, esta lo supera. Por ello conviene dejar a un lado al hombre y examinar su legado. Este podría ser el caso de Rudyard Kipling: un autor difamado por la intelectualidad del siglo XX, pese a su talento y su premio Nobel. Orwell resume bien esa imagen pública: “Imperialista patriotero, moralmente insensible”. Sin embargo, como el mismo Orwell reconoce, Kipling pervive año tras año. ¿Cómo explicar su vigencia? La respuesta, como apunta Chesterton, reside en su talento poético para plasmar emociones que casi todo ser humano puede compartir y apreciar. Esto se hizo especialmente palpable cuando escribió para y sobre los niños. Entre su producción infantil destacan El libro de la selva y Precisamente así.
El libro de la selva es su obra más conocida, aunque muchos realmente no la hayan leído. No es una novela tradicional, sino una colección de relatos sobre un niño llamado Mowgli, criado en la selva por lobos.
Las historias de Mowgli giran en torno a una idea esencial: al igual que los animales cumplen con su naturaleza, el hombre debe hacerlo con la suya. Criado entre lobos, Mowgli es humano, y, aun en la selva, debe aceptar su lugar en el mundo. “El hombre vuelve al hombre en el último momento”, escribe Kipling. Se trata de un viaje de autodescubrimiento, en el que Mowgli se enfrenta al tigre Shere Khan, guiado por Baloo, el oso, y Bagheera, la pantera.
Aunque ambos libros subrayan el deber de asumir la propia naturaleza, también celebran la libertad previa a ese compromiso. La posición de Mowgli en la selva es única: es amigo y amo de los animales. Disfruta de un poder que nace de su condición humana, pero vive con ellos en un estado de compañerismo, ejerciendo espontáneamente esa superioridad. Los niños disfrutarán estas historias magistralmente escritas, se identificarán con Mowgli y querrán amigos como Baloo y Bagheera.
Historias para su hija
Mito, leyenda y fantasía confluyen en Precisamente así, una serie de cuentos con los que Kipling juega a explicar cómo llegaron a ser el mundo y sus criaturas. A pesar de su tono fantástico, el autor muestra a los seres que los pueblan luchando por su supervivencia: así, presenciamos cómo el elefante adquirió su larga trompa tras su lucha con el cocodrilo, o cómo las patas traseras del canguro le sirvieron para escapar del dingo.
Precisamente así nace en el seno de la familia: los tres primeros cuentos –sobre la ballena, el camello y el rinoceronte– fueron creados para su hija mayor, “Effie”. Sólo esos tres le fueron contados, pues la niña falleció a los siete años. Kipling escribió el resto tras su muerte. Así, convirtió el libro en un delicado acto de reparación imaginativa hacia ella.


Emociones fuera del tiempo.
Kipling, por encima de sus críticos, sigue hablándonos a través de emociones intemporales: el anhelo de pertenencia, el deber como destino y la fantasía como refugio. Un niño que no descubre lo que es correr alegremente con una manada de lobos o por qué el leopardo tiene manchas, se habrá perdido algo especial que sólo Kipling puede dar.
Artículo publicado en la edición número 76 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





