Por Enrique García-Máiquez
He tenido el privilegio de ver la maqueta del libro sobre las creaciones de decoración del estudio LO2. Las fotografías transmiten una enorme paz, en parte por su mezcla de estilos, colores y de luces, que nos sugieren en voz baja que la complementariedad es posible. Pero, por debajo, sin embargo, se oye un rumor de fronda.
Solemos asumir apresuradamente que el buen gusto es un adorno. Viviremos muy engañados si creemos, como quiere nuestro tiempo, que la belleza es una cobertura ocasional que echamos encima de la espantosa realidad, que la fealdad es más verdadera que la hermosura, que el descuido es más sincero que la delicadeza y que la mala educación es lo más natural. En absoluto. Una frase muy perniciosa es la que afirma que cualquier objeto o gesto o acontecimiento es “demasiado bonito para ser cierto”. Admitirlo nos obliga a un cinismo pesimista que ni siquiera cede ante los esplendores más evidentes de la realidad.
Es justo lo contrario. La belleza no sólo es más verdadera, sino que es imprescindible. Sir Roger Scruton nos da las claves: “En una época en que la ética se ha problematizado y la fe está en declive, el arte sigue atestiguando los anhelos espirituales y el afán de inmortalidad de nuestra especie. De ahí que la educación estética sea más importante hoy que en cualquier otro período de la historia”. Más importante que nunca, subraya el maestro. Jamás nos hizo tanta falta para compensar tantas carencias. Virginia Woolf suspiró ante los trabajos de Picasso: “¡Sus bocetos son asombrosos! Si un artista es tan bueno que todo movimiento, casi cada respiración es pura belleza, debe de sentirse más cerca de Dios, aunque le pese”.
“Podemos construir nuestras casas con delicadeza y cuidado, y mostraremos quiénes somos y quiénes queremos ser”
Hay una frase que ha popularizado el combativo Jordan B. Peterson: “Si piensas que el mundo está mal, haz tu cama”. Para los adolescentes contestarios es un consejo extraordinario. Los padres y las madres de familia tenemos más responsabilidades. Si pensamos que el mundo está mal, embellezcamos nuestra casa y cultivemos nuestras macetas. La belleza es una resistencia y una esperanza. Forja una comunidad, hace familia.
Hay un aforismo de Christian Morgenstern que he citado mucho, a veces con tristeza, al ver o padecer qué espantos construyen los poderosos y los políticos de nuestro tiempo: “A los príncipes: muéstrame cómo construyes y te mostraré quién eres”. Hay que repetírselo, pero con alegría. Podemos construir nuestras casas con delicadeza y cuidado, y mostraremos quiénes somos y quiénes queremos ser a nuestros hijos, primero, y a nuestros amigos.
El escritor José Jiménez Lozano se propuso, en un poema, elevar los muros de su casa, convertida en un pequeño monasterio resistente o en un bastión de cultura y silencio frente a la vorágine posmoderna. No se refería a elevar físicamente los muros ni a almenarlos, sino más en serio. Construyamos unos muros metafísicos cuidando la belleza de nuestra casa. Se alzarán tan resistentes como acogedores. Si está sopesando tapizar la butaca, tapícela. Si le apetece comprar flores, por favor.
Artículo publicado en la edición número 74 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





