Artículo publicado en la edición número 71 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Por Isabel Molina Estrada
Seguramente recordarás la historia del niño que cargaba una cruz. Un día se cansa y le pide a Jesús que le cambie su cruz. Él accede y lo lleva a una sala enorme en la cual hay todo tipo de cruces. “Elige la que prefieras y llévala”, le dice. El niño recorre la sala y se detiene en la cruz de un niño que perdió a su madre… “Es demasiado pesada”, piensa. Luego ve la cruz de un niño que no tiene piernas. Se horroriza. Así, recorre una a una las distintas cruces y va rechazándolas hasta que encuentra una pequeña, caída en el suelo. “Esta sí que puedo llevarla”, comenta. “Bien, pues llévala”, le contesta Jesús. Al salir descubre que carga sobre sus hombros la misma cruz con la que había entrado en el recinto.
El Viacrucis es una oración cargada de sabiduría para hacer este ejercicio personal de encontrarse de lleno con la propia cruz, que es la cruz de Cristo que Él comparte con cada uno según su capacidad. Recorrer sus 14 estaciones, desde que Jesús es condenado a muerte en el Pretorio hasta que es sepultado en el Gólgota, permite adentrarse en los últimos momentos de la vida del Señor y quedar sobrecogido ante su abandono total en las manos del Padre.
Los primeros cristianos
El padre Javier Láinez, autor del libro Viacrucis, contemplación de las estaciones del viacrucis a través de los ojos de san José de Nazaret, explica a Misión que el origen del Viacrucis se remonta a la piedad de los primeros cristianos que solían recorrer la Via Sacra de Jerusalén, recordando fervorosos el camino de la Pasión. Se cuenta que su devoción se extendió de la mano de los franciscanos a partir del siglo XIV.
“La primera noticia de esta devoción la trajo a Europa la monja Egeria, viajera infatigable por Tierra Santa, quien escribió un libro de viajes conocido como el Itinerario de Egeria”, asegura este sacerdote. En este manuscrito, ella narra a sus hermanas en Galicia las tradiciones litúrgicas de Jerusalén en el siglo IV.
En la Via Sacra
Quienes tienen la oportunidad de hacer el Viacrucis en Jerusalén aseguran que recorrer las callejas de la Ciudad Santa y con la imaginación recrear las caídas del Señor, el encuentro con su Madre, con la Verónica o con el Cireneo, cambia la vivencia personal de la Pasión para siempre. Así le ocurrió al padre Láinez, quien experimentó que tras vivir el Viacrucis en la Via Sacra “la fe se enciende y se siente la Pasión en la propia carne”. “La muerte de Jesús es terrible –advierte este sacerdote–. Está llena de dolor, tortura, humillación y abandono. Es el compendio de todas las muertes en desamparo del mundo”.
Rezar el Viacrucis permite, en suma, confesar con san Pablo: “A Él, que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado en nosotros, a fin de que nosotros fuéramos en Él justicia de Dios” (2 Cor 5, 21). “¡Es alucinante!”, sentencia el padre Láinez.





