Por Javier Lozano
Si hay un término que define el momento presente, es la desesperanza. La sociedad parece vivir en un letargo, en una resignación cuasi existencial. Muchos expertos hablan de un burnout de la civilización occidental, un agotamiento emocional, físico y mental, al que habría que añadir un colapso espiritual. Un mundo con las neveras llenas y la última tecnología, pero vacío de esperanzas.
Las encuestas hablan de una juventud que no es feliz, que cree que vivirá peor que las generaciones anteriores. El 19,6 % de los adolescentes de entre 14 y 18 años en España ha consumido alguna vez pastillas para la ansiedad o el insomnio, según una encuesta del Ministerio de Sanidad. No es este un problema exclusivo de los jóvenes: España encabeza el consumo mundial de ansiolíticos.
La situación política, económica y social no ayuda a que la esperanza sea una virtud mayoritaria. Pero son los cambios tan vertiginosos que azotan a los cimientos que han sostenido durante siglos nuestro mundo lo que hace que tantas vidas se tambaleen sin saber dónde agarrarse.
Invierno de la desesperación
No es algo nuevo. Todas las ideologías surgidas a raíz de la Ilustración y cuyas herederas son las causantes de los males de este tiempo prometen el “progreso”, la felicidad plena en la tierra, donde Dios ya no sería necesario. No hay felicidad ni esperanza futura, incluso más allá de la muerte, algo que sí tenían las generaciones anteriores. Han cerrado el Cielo al hombre, pero a cambio no le han dado todo aquello que prometían.
“Una civilización que no tiene creencias carece también de esperanzas”
Pablo Pérez López, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Navarra, explica a Misión que “una civilización que no tiene creencias carece también de esperanzas”, lo que hace imposible que “pueda consolidarse como civilización”. Ya explicaba magistralmente Charles Dickens en las primeras páginas de su novela Historia de dos ciudades, ambientada en la Revolución Francesa, el origen de lo que hoy se vive y que parece que se hubiera escrito ayer mismo: “Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y de la tontería; la época de la fe y de la incredulidad; la estación de la Luz y de las Tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación: todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos en el infierno”.
Fracaso del “paraíso” terrenal
De este modo, Pérez López recuerda que en el caso de Occidente la idea era –y todavía lo es para estos ideólogos–“construir un paraíso en la tierra, conseguir que la razón nos conduzca a la plenitud del conocimiento, y el ejercicio de una libertad sin trascendencia permita alcanzar ya la plenitud personal”. Pronto se advirtió el “fracaso tremendo” al que esto ha llevado. Aun así, todas estas ideologías han seguido con su hoja de ruta. “Cerrarse a la trascendencia sólo se entiende, por tanto, si uno mismo se proclama dios”, afirma.
La cultura woke, el consumismo, el activismo ideológico, la ideología de género, los feminismos, el relativismo moral, el hedonismo, el materialismo, el individualismo o las nuevas bioideologías –que sueñan con vencer a la muerte– son hoy corrientes hegemónicas que pretenden convencer al ser humano de que él mismo es el centro del mundo y el fin último de su existencia. Estas tendencias conducen a la exaltación de los sentidos y del orgullo, empujando a la persona a mirarse el ombligo y a perder de vista al otro. Y, más aún, le impiden alzar la mirada hacia lo alto.

Los datos evidencian este fracaso. Las depresiones, los suicidios y el malestar generalizado que recogen las encuestas lo muestran. Y quienes lo están sufriendo empiezan a cuestionarse la herencia hueca que han recibido. De ahí que ahora se esté analizando profusamente a qué se debe el cambio sociológico en la sociedad española. Ante la nada que ofrece el presente hay quien mira a la generación de sus abuelos, que tenían muchos menos medios materiales, pero más esperanza. Hay un resurgir espiritual, una búsqueda del sentido de la existencia, y no sólo entre las generaciones más jóvenes. Corresponde a la Iglesia encauzar esas inquietudes y dirigirlas a la verdadera fuente, sin edulcorantes y desde la verdad. Porque esta generación ya ha probado bastantes mentiras y desengaños.
Mostrar la vida eterna y recuperar la mirada trascendente es un reto tan sencillo como complejo, pues muchos tendrán que comenzar desde cero. El catedrático de la Universidad de Navarra cita la importancia de las tres virtudes teologales en este resurgir. “Necesitamos luz para entender, y eso nos viene de la fe; aliento para ir adelante cuando las cosas se ponen difíciles, y eso nos lo da la esperanza; y capacidad de entregarnos a Dios y a los demás, y eso lo consigue la caridad”, agrega.
En esta misma línea incide el conocido dominico francés Adrien Candiard en su libro Esperanza para náufragos (Rialp, 2025) quien insiste en que la virtud de la esperanza es la que abre la vía a Dios como salvación, es decir, a la vida eterna. Y que la salvación pasa por la Cruz que las ideologías tanto aborrecen. No es casualidad que eliminar de la vista cualquier crucifijo sea prioritario para ellas.
Este religioso señala que san Agustín define sacrificio como todo acto que realizamos para unirnos a Dios. “Unirse a Dios es hacer lo mismo que Él: darse. Darse no significa perderse; dar alguna cosa a Dios no es destruirla, y menos aun deteriorarla. Por el contrario, es darle su sentido, su justo lugar de cara a la vida eterna. Sólo lo que se da está vivo”, añade.
Preferir lo eterno
La vida eterna, la mayor aspiración del hombre de estar en la presencia de Dios para toda la eternidad, tiene aquí y ahora su llamada. Santo Tomás de Aquino explicaba que el amor a Dios y al prójimo son inseparables en la vida presente y lo serán también en la vida futura. Candiard concreta esta idea al afirmar que la verdadera esperanza consiste en creer que Dios nos hace capaces de realizar actos que trascienden el tiempo. “Cuando amamos –explica–, ese amor no es sólo un sentimiento pasajero en medio del absurdo y de la muerte, sino una ventana abierta a la eternidad”. Esos actos de amor son los únicos que verdaderamente cuentan. “Construyen, ya en nuestro mundo, la eternidad, el Reino de Dios”.
Y va más allá. No es sólo creer que somos capaces de eternidad, “es vivir prefiriendo lo eterno a lo demás”. Es decir, dar prioridad a lo imperecedero sobre lo que nos parece tan urgente o importante en el momento. ¡Cómo cambiarían tantas vidas si supieran reordenar sus prioridades, y mirar cada acto cotidiano según su peso de eternidad! Por tanto, insiste en que “la vida eterna no es una manera de evadirse, de buscar refugio contra el mal y contra la finitud de nuestro universo”. Por el contrario, “la vida eterna permite tomarse muy en serio nuestro mundo, mirándolo tal como es, poniendo cada uno de sus elementos en su lugar justo, dándole su justo peso”.

Claves para subir muy Alto
El filósofo José Ramón Ayllón, autor de El mundo de las ideologías (Homo Legens, 2019) da a Misión unas claves sencillas para tener presente el Cielo y la eternidad en nuestras vidas: “Basta con pensar en la muerte, única certeza que tenemos en esta vida. También ayuda el paseo por el campo y el monte. Y ponerse de rodillas en una iglesia. Y hablar con Dios por la calle. Y rezar antes de dormir. Y bendecir la mesa. Y dar limosna. Y leer el Evangelio cinco minutos cada día. Y llevar en el bolsillo un pequeño crucifijo, y una medalla de la Virgen al cuello. Y rezar el Rosario mientras conduces, o en el Metro. Y pedir a menudo la absolución al sacerdote. Y asistir a la Santa Misa. Y dar gracias a Dios por todo”. Y concluye, que “en realidad, lo raro es no pensar en el Cielo y en la eternidad”.
LA EUCARISTÍA, FARO HACIA LA ETERNIDAD
Vivir para la eternidad consiste en vivir mirando al Cielo. La manera más directa y luminosa en la que los católicos pueden entrenarse en tener esta mirada es a través de la Eucaristía, el nexo constante e inagotable entre el Cielo y la Tierra. El religioso Adrien Candiard señala que vivir para la eternidad implica –en su opinión– un cambio de perspectiva radical: se trata de cambiar “los valores y la lógica del mundo, los valores de éxito y de triunfo, para vivir con la lógica del Reino”. Y recuerda que, precisamente estamos lejos de ser perfectos, y por eso mismo, los católicos tienen que acudir continuamente a la Santa Misa. “Incapaces de vivir para la eternidad, vienen a aprender de la fuente de todo don”, agrega este dominico francés. Cuando parece que la fe se desploma y que no hay esperanza, Jesús llena esta carencia con una frase que lo cambió todo para siempre: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. Desde entonces –agrega este autor– no hay acto de esperanza más grande que acudir “a escuchar de nuevo esta Palabra plantada en el corazón de la -desgracia, de la angustia, del absurdo”. Los creyentes acuden a la Eucaristía porque Jesús sigue dándonos ahí su vida. “Acudimos a recibir Su vida para vivir de ella. Porque no hay otra manera de aprender a dar la propia vida que comenzar por recibir. Las cosas de Dios funcionan así: Él sabe que, si no recibimos antes de un modo sobreabundante, seremos demasiado remisos para dar. Entonces Él da, esperando que eso acabe por desbordarse de nuestras manos, de nuestros bolsillos, y nos pongamos también a dar”, concluye.
LOS SANTOS, UNA ESPERANZA PALPABLE
Frente a la tentación de la desesperanza, existe una medicina altamente efectiva: el ejemplo de los santos. Tanto en un mundo hostil frente a la fe, como en la propia lucha diaria de los creyentes para vivir de cara al Cielo, los santos son una ayuda inestimable. Y, además, no dejarán nunca de sorprendernos. Santos como san Agustín, doctor de la Iglesia, o san Francisco Javier, patrono mundial de las misiones, no tuvieron siempre una vida ejemplar. En su juventud el primero llegó a tener un hijo fuera del matrimonio y el segundo era arrogante y ambicioso. Con una vida, si cabe, más turbulenta, aparece san Bartolo Longo, canonizado por León xiv, que pasó de satanista a gran apóstol del Rosario. Sus vidas mostraron que la conversión está al alcance de los que la quieran acoger. ¡Dios no da a nadie por perdido! ¿Qué caracteriza a los santos? El catedrático Pablo Pérez López indica que coinciden en que amaron “al prójimo hasta el extremo de ser capaces de dar la vida por él. Es algo inalcanzable con las fuerzas humanas, sólo se puede alcanzar unido a Jesucristo”. Su mirada hacia la eternidad no les hizo evadirse del mundo. “La idea de que pensar en un mundo trascendente te hace despreocuparte del mundo presente está en contradicción con la experiencia de la vida de los santos”, recuerda. Los tres citados son ejemplos claros: cada uno en su época, con existencias llenas de grandes dificultades, colaboraron con Dios para salvar muchas almas. “Hoy también se puede vivir así; mucha gente que procura hacerlo y, de hecho, lo hace”, sentencia este profesor.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





