Violación

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Por Juan Manuel de Prada

Las sociedades sanas fortalecen los frenos morales, para mantener los demonios a buen recaudo; las sociedades enfermas, en cambio, relajan los frenos morales, liberando todos los demonios, y luego se dedican a perseguirlos erráticamente con el Código Penal en la mano.
En las sociedades terminales puede ocurrir, incluso, que la mayor relajación moral se concilie con las formas punitivas más desquiciadas. Así quieren hacer en esta España convertida en un pudridero donde florecen todas las flores pútridas de la degeneración. Ahora pretenden que para que una relación sexual no sea considerada violación, la mujer tendrá que otorgar consentimiento expreso (aunque no nos explican cómo podrá demostrarse tal cosa, tal vez porque planean una inversión de la carga de la prueba).
En una sociedad enferma en la que se ha demonizado la práctica de las virtudes domésticas, en la que se fomenta una concepción de la sexualidad ligada al más rampante y desinhibido naturalismo instintivo, en la que padecemos una pavorosa infestación pornográfica, en la que hacen su agosto las apps que incitan a la sexualidad más compulsiva y se fomentan infidelidades y adulterios y otras formas abyectas de promiscuidad…
En una sociedad así, en la que una plaga de estímulos sexuales nos mantiene esclavizados, ¡pretenden combatir los delitos sexuales convirtiendo la intimidad de las personas en una pesadilla policial!
Inevitablemente, solo lograrán azuzar la violencia, como antes han hecho otras medidas legislativas erróneas que aparentemente la combaten. Fomentarán las denuncias falsas, convertirán la intimidad entre hombres y mujeres en un terreno sembrado de minas, ahondarán en la patologización de las relaciones humanas.
Y, mientras todo esto ocurra, seguirán bombardeándonos con mil y un reclamos sexuales, seguirán incitándonos a la pérdida del recato, seguirán fomentando los más turbios apetitos venéreos, seguirán desprestigiando y escarneciendo los vínculos y compromisos fuertes.
Si de verdad quisieran combatir la violencia sexual, empezarían por explicar que nuestros cuerpos son templos del Espíritu que merecen ser preservados de la concupiscencia y merecen entregarse a quienes los consideran en lo que realmente son. Y empezarían por restaurar lo que los antiguos denominaban virtudes domésticas (la modestia, la templanza, la continencia, la castidad, etcétera), cuyo quebrantamiento no ha hecho sino entregarnos a la voracidad de una sexualidad putrescente que, tan pronto como no puede desahogarse, se desata furiosa, arramblando con lo que pilla.
Estas virtudes domésticas han sido abolidas por odio al orden cristiano, pero lo cierto es que mucho antes fueron proclamadas por todas las civilizaciones que merecen tal nombre; y, allá donde rigieron, fueron la mejor levadura de las virtudes públicas, que siempre decayeron allá donde finalmente se impuso la degeneración (como se prueba en el ocaso de todas las civilizaciones), o bien allá donde las virtudes domésticas se envilecieron con la máscara aborrecible del puritanismo.
Nuestra sociedad terminal, mientras chapotea en el lodazal de las degeneraciones, quiere también –mediante reformas penales desquiciadas–ponerse la máscara aborrecible del puritanismo. Con razón nos prevenía Vázquez de Mella contra quienes ponen tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias, pues son quienes más atizan los fuegos que supuestamente pretenden apagar.