Por Enrique García–Máiquez
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
La bondad de la costumbre está clara. Incluso a nivel neurológico. Hoy se han demostrado científicamente las ventajas pedagógicas e intelectuales de escribir a mano. Estas ventajas contrarrestan, además, los problemas que provoca la inmediatez hipnotizante de las pantallas. Escribir a mano mejora la concentración, la memoria, la comprensión, la creatividad y el pensamiento crítico. Además, reduce el estrés y posibilita un mayor análisis de nuestros sentimientos.Todo esto está demostrado no sólo por expertos, sino por nuestra propia experiencia.
La belleza de un rito
Tampoco la belleza de las relaciones epistolares admite discusión. Son incontables las grandes obras literarias que se han escrito sobre la falsilla de las cartas cruzadas, desde las Cartas de madame de Sévigné hasta las Cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis o nuestro querido Charing Cross, 84 de Helene Hanff. Es lógico. Permiten la introspección y contagian el texto de autenticidad, además de posibilitar la variedad de voces y la hondura del diálogo. Eso pasa en las novelas porque pasa (o pasaba antes) en la vida corriente.
“La correspondencia epistolar tenía placeres añadidos: la belleza de una caligrafía limpia, la calidad del papel, los sellos, los olores viajeros…”
La correspondencia epistolar no dejaba de tener placeres añadidos que tenían que ver con los pequeños detalles –belleza de una caligrafía limpia y personal, calidad del papel, delicadeza de los sellos, olores viajeros– y de los ritos: el buzón, el cartero, ver tu nombre en la letra querida, rasgar el sobre…
El poeta Miguel d’Ors hizo una vigorosa defensa de la costumbre anclada en el rito, en la morosidad y en la imaginación. Correo ordinario se titula el poema: “Me ha llegado tu carta: largos besos/ desde esas vacaciones lejanas. Y con ella/ cuántos momentos tuyos. Te imagino escribiéndola/ al pie de la araucaria (si era por la mañana;/ si por la tarde, dentro –porque hará algo de fresco–,/ frente a aquellas estampas tirolesas/ –castillos y neveros ya un poco apolillados–)./ Si fue por la mañana, alguna mariposa/ blanca, de las que van/ en busca de las coles, cruzaría/ sobre algunos de esos ‘te quiero’ o ‘ya muy pronto’/ con esta letra loca en la que ahora/ mis ojos, no sé cómo, oyen tu voz./ Después habrás bajado –abanicándote/ con la carta, estoy viéndote– el sendero/orlado de manzanos (qué ácidas y raquíticas/ esas manzanas, y mi madre que decía/ que no las conocía mejores), habrá vuelto/ a rechinar de orín la vieja cancela/ y habrás seguido por el viejo asfalto/ pálido y corroído./ A sus orillas, en algunos campos/ hay gente trabajando. Os saludáis, les dices/ algo meteorológico/ o cualquier comentario sobre el perro/ que se puso a ladrarte –conozco bien tu estilo–,/ y llegas al buzón, en cuyas fauces/ dejas –adiós– la carta./ De regreso,/ el paisaje de siempre te parece más claro,/ todo en ti va diciendo/ que el tiempo es delicioso, y qué agradable/ paseo. Y vas subiendo de vuelta a tus cosas,/ soñando dónde y cómo abriré yo la carta,/ en qué rincón me sentaré a leerla,/ qué música de fondo le habré puesto,/ qué clase de sonrisa dibujará en mi cara,/cómo sueño que sueñas que te sueño…// Gracias, amor, por no querer e–mail”.
Por qué no querer un e-mail
En el último verso, agazapado, se encuentra el enemigo (o uno de ellos) de la relación epistolar: el e–mail.Aquí no venimos a ser ingenuos, y reconocemos que las nuevas tecnologías son fieros adversarios, pero era necesario primero entonar las excelencias de las cartas, porque, como dice el filósofo Higinio Marín, “para tener por qué luchar hay que tener primero qué cantar”. Si entre Chesterton, d’Ors, la neurología, yo y, sobre todo, sus recuerdos, querido lector, hemos reavivado la nostalgia de las cartas manuscritas del correo ordinario, pasemos ahora al combate. ¿Cómo entablarlo? Te ofrecemos unos consejos para recuperar la correspondencia.
4 CONSEJOS PARA RECUPERAR LA CORRESPONDENCIA

Hace 25 años, mi entonces novia y yo nos hicimos el firme propósito de escribirnos cartas que pudiésemos guardar con una cinta como las de mis padres y las de las novelas. En principio, fue un desastre. Y eso que sólo teníamos que convivir con el teléfono y ni siquiera era móvil. Pero nos escribíamos y, antes de que las cartas llegasen, ya nos habíamos contado todo. Si discutíamos era peor. Cuando la carta enfadada se leía, ya habíamos hecho las paces por teléfono, pero la caligrafía ceñuda recomenzaba la polémica. Faltaba coordinación. ¿Nos rendimos? No. Buscamos alternativas.
POSTALES. Son el primer refugio. No se superponen a las conversaciones, pero conservan la alegría de sacarlas del buzón. Es el rito por lo breve: son telegramas líricos. Yo heredé de mi madre, de cuando estudió Botánica, una colección de postales de grabados de flores y a mi novia entonces, en las ocasiones especiales, en vez de un ramo, le mandaba mi postal. Ahora las hemos enmarcado, con un cristal por detrás para poder releerlas y están en la escalera de casa.
ÁLBUMES. Otro consejo: aprovechar las cartas como álbum de recuerdos. Meter en ellas recortes de periódicos, entradas del teatro, una hoja seca, un poquito de arena de playa, etc. Los sobres son un gran reservorio de romanticismo. También se puede copiar a mano un poema que nos haya gustado o la letra de una canción.
«CORREO EXTRAORDINARIO». El tercer auxilio al correo ordinario es usarlo para lo extraordinario. Hagamos literatura o incluso filoso-fía. Valen para contar por extenso alguna reflexión o para exponer una teoría de la vida. Eso ayudará a quien reciba la carta a conocernos mejor, pero, sobre todo, nos ayudará a nosotros a aclaramos, que somos a veces bastante auto-opacos.
CARTAS FAMILIARES. El último refugio, como siempre, es la familia. Cierto que entre jóvenes es difícil cultivar la paciencia de esperar la llegada del correo, como en una novela de Jane Austen. Si alguien nos interesa lo suficiente como para escribirle una carta, nos interesará lo bastante como para ponerle un mensaje de texto o hacerle una videollamada, incluso a horas interpestivas. Sin embargo, a nuestros padres o hijos, a nuestros tíos o abuelos, con la mesura cálida que da el cariño de la sangre, sí podemos escribirles cartas más narrativas, que les harán una compañía más honda que una ocasional llamada. Escribir cartas largas, ligeras y divertidas a nuestros mayores es una obra de caridad de ida y vuelta. Nos hará tanto bien a nosotros como alegría les dará a ellos. Hagan la prueba.
Artículo publicado en la edición número 73 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





