La santidad de andar por casa
Ir a misa un domingo con varios hijos pequeños puede llegar a ser una proeza más incierta que intentar cruzar a nado el Canal de la Mancha. Es posible que acabemos al fondo de la iglesia –o fuera de ella– con alguno en brazos o correteando, después de haber desplegado todas nuestras habilidades para retenerlos diez minutos en el banco. Entre el “quiero agua”, “Fulanito me ha quitado el sitio”, “yo estaba primero” y el bebé que rompe a llorar, la esperanza de escuchar la segunda lectura se esfuma antes de entonar el salmo.
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