Por José María Carrera
En 1567, Milán bullía con una intensidad frenética. Su arzobispo, san Carlos Borromeo, impulsaba la Reforma católica de Trento. La catedral del Duomo, en construcción, era el reflejo de una Iglesia que se reafirmaba piedra a piedra. De pronto, unos diez mil soldados españoles ataviados con picas, cruces y morriones partían hacia Flandes, donde la insurgencia política y la herejía amenazaban al imperio y a la Cristiandad. Con aquella marcha por Europa, se ultimaba también una de las grandes proezas logísticas de la Edad Moderna: el Camino Español.
Cinco siglos después, ese mismo camino, caído en el olvido, es recorrido de nuevo por entusiastas y peregrinos. Sobre el papel, el Camino Español fue el corredor militar que, entre 1567 y 1630, permitió a España sostener las guerras de religión en Flandes. Pero en la práctica era mucho más. La distancia –1.000 a 1.200 kilómetros– variaba en función de las seis rutas que llegaron a seguirse para atravesar naciones aliadas y bordear las enemigas. Con la vía marítima hostigada por ingleses, rebeldes flamencos y hugonotes franceses, contar con una vía terrestre segura era crucial. Como sintetizó el conde-duque de Olivares, la guerra de Flandes se reducía a dos cuestiones: religión y reputación. Y el Camino Español fue el intento de mantener la primera y consolidar la segunda.
Una ruta monumental
Tras la llegada del tercio desde España a Milán, comenzaba una marcha que atravesaba una Europa fragmentada por la guerra. Desde allí, la columna avanzaba por ciudades como Turín o Chambéry, cruzaba los Alpes y se internaba en el Franco Condado para enlazar después con territorios del Sacro Imperio, como Estrasburgo o Luxemburgo. El destino final, los Países Bajos españoles.
En aquella travesía, se preparaba minuciosamente cada jornada. Así lo reflejó el ingeniero y teniente artillero Cristóbal Lechuga, quien dejó constancia de las enormes exigencias que implicaba cuando diseñó un nuevo Camino tras la firma del Tratado de Lyon, que reducía el corredor a Flandes a un solitario y vulnerable puente, en Grésin. También enfrentó extenuantes contratiempos logísticos: para trasladar tan solo 40 piezas de artillería eran necesarios, al menos, 1.500 caballos y 380 carros.
La gesta alcanzó su punto culminante en 1590. En Francia, las guerras de religión enfrentaban a Enrique iv y los hugonotes, protestantes, con la Liga Católica, atrincherada en París. Con las defensas al borde del colapso, Felipe iimandó a Alejandro Farnesio a socorrer a la Liga. Al frente de 15.000 hombres, recorrió 200 kilómetros en apenas cuatro días, rompiendo el cerco de París. Una operación que fue posible gracias a la red logística del Camino Español y que hoy es recordada como una de las grandes proezas militares de la Europa moderna.

La fe del tercio español
Sancho de Londoño, afamado militar del siglo xvi, decía de los soldados del tercio que amaban más la honra que la vida y que temían menos la muerte que la infamia. La estructura militar perseguía la virtud del soldado y toda ordenanza orientada a la victoria velaba por que “ni Dios se ofenda ni el prójimo se agravie”. Aquella fe no sólo impulsaba al tercio a seguir caminando, sino que también daba a los soldados determinación y valía.
Y aunque el tercio podía no ser un ejército de santos, aspiraba a ello pagando el precio de su sangre, si era necesario. A las columnas acompañaban siempre capellanes para administrar los sacramentos. A los superiores se exigía un comportamiento ejemplar con los subordinados. Tampoco se permitía blasfemar ni violentar a una mujer so pena de muerte.
Cuatro siglos después, el Camino Español sigue siendo un recuerdo vivo de que España emprendía obras únicas y colosales
Uno de los testimonios más reveladores es el de Pierre de Bourdeille (1537-1614), escritor y soldado francés, que describe fascinado a un grupo de soldados marchando a una encamisada en Flandes. En el camino, uno preguntó por el número de enemigos que aguardaban. La respuesta que recibió fue implacable: “Vete al diablo con tu pregunta y cuenta y di más bien: ‘Vayamos a ellos, cuantos que sean’”. Una muestra clara de que para el tercio la vida no era sino preparación para la muerte, y de que la impaciencia de eternidad era, a decir de García Morente, la raíz última de la actitud hispánica ante la vida.

Un hito que resurge
Para Fernando Martínez Laínez, autor de El Camino Español. La larga marcha europea de los Tercios (Dragón Colección, 2025), el Camino supone un “fenómeno creciente” de actualidad incuestionable. No existe un cálculo oficial, pero constata que cada vez más personas deciden emprenderlo, también en familia. Para ello, advierte a Misión de que lo mejor es el coche, calculando con antelación paradas y alojamientos. Por el momento, Una pica en Flandes (EDAF, 2007), “diario de viaje” de Laínez, es la primera guía, aunque no sea oficial, del Camino Español. Como expone Juan Víctor Carboneras, “las bases están creadas, lo que se necesita es apoyo logístico, divulgar más su historia y que el Camino sea visitable”.
Entre 1567 y 1630, mil kilómetros separaban Milán de Flandes, la fe de la herejía y, según un popular dicho castellano, la ventura de la sepultura. Por eso, recordar hoy el Camino Español sólo como la mayor hazaña logística de la Edad Moderna supondría vaciarlo de significado: cuatro siglos después, sigue siendo el recuerdo vivo de que, en sus años de gloria, España emprendía obras únicas y colosales.
LA PIEDAD ESPAÑOLA DISEMINADA POR EUROPA
El Camino Español dejó en Europa una huella propiamente hispánica. Se aprecia en el recóndito puente de Grésin; en el Castillo Sforza de Milán, la mayor fortaleza española en Europa; en el Fuerte Fuentes, en Lombardía; o en la fortaleza de Namur, en Bélgica, centro neurálgico del conflicto. Todo ello no era más que el brazo defensivo de una impronta alumbradora de baluartes de oración que aún perduran. Es el caso de Alessandria, ciudad piamontesa que alberga la Iglesia de la Santísima Virgen María de Monserrato, con dos vírgenes negras, advocaciones de marcada tradición hispánica. El conjunto se corona con una inscripción que reza: “La piedad española edificó, Alessandria lo conserva”. Perviven incluso representaciones sacras aún vigentes, como El Entierro. Sin embargo, la impronta espiritual por excelencia es la peregrinación que cada año evoca a 1585, cuando un tercio cercado se encomendó a la Virgen tras hallar una imagen de la Inmaculada y, contra todo pronóstico, obtuvo la victoria sobre las aguas milagrosamente congeladas del Mosa.
Artículo publicado en la edición número 80 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





