Por Enrique García-Máiquez / Ilustración: Palma M. Guillán
Algunas órdenes de religiosos lo han conseguido de forma admirable, pero en general vivimos felizmente encarnados e incardinados en el espacio y el tiempo, y necesitamos los bienes, que tienen un nombre bastante expresivo, por cierto.
Lo propio del cristiano y de quien tenga sentido común, si me permiten la redundancia, es una tercera opción. Ni comprar sin ton ni son todas las novedades que sin cesar nos ofrece el mercado ni vivir sin nada de nada, cual espíritus etéreos. Incluso yo fui capaz de descubrir la tercera vía en un poema de mi primer libro, hace treinta años. “Quien conoce el lujo / de la vida sobria / combate el consumismo con su mismo / aprecio a las cosas. // Con su mismo aprecio / a las cosas, aunque / sostenido en el tiempo, cotidiano, / continuo, constante… // Si las compro, vendo / sus heridas, limpio / sus marcas con un nombre propio y al fin / yo las domestico”.
El problema del consumismo no es que ame mucho las cosas, como nos quiere hacer creer la publicidad. Ojalá. El amor nunca está de más, ni siquiera a las cosas. Es lo contrario: se basa en el deseo espiritista y, una vez que te has comprado algo, cuando eso se encarna, empiezas a detestarlo, más pronto que tarde, porque es el obstáculo para adquirir otro modelo más nuevo o avanzado. El caso más extremo de esta actitud lo he visto con un empresario que se ilusionaba muchísimo con los talentos o las virtudes de alguien que estaba tratando de contratar, pero, una vez que trabajaba para él, dejaba de valorarlo. Sin llegar a eso, a los objetos a nuestras órdenes sí que los rebajamos.
«Lo propio del cristiano no es comprar sin ton ni son todas las novedades que sin cesar nos ofrece el mercado ni vivir sin nada de nada, cual espíritus etéreos»
Debería ser todo lo contrario. Nuestra casa ha de acogerlos con hospitalidad antigua. Nuestros bienes forman parte de la domus, entran bajo nuestra protección. Se les toma cariño y se les cuida. Esa es la verdadera lucha contra el consumismo.
Soy, por tanto, muy partidario de las restauraciones, y veo con una enorme angustia cómo se van perdiendo los oficios que permitían cuidar los viejos enseres familiares. Es un síntoma de que el consumismo nos está consumiendo. Es más fácil comprar una chaqueta nueva que arreglar la heredada, que fue de tu abuelo. No hay forma de encontrar un artesano que arregle la rejilla de enea de una mecedora antigua.
Por no hablar de mis vespas, la de mi juventud y la de la juventud de mi padre. Cuánto cuesta (¡en los dos sentidos!) hallar un mecánico que me las ponga a punto. La obsolescencia de la tecnología es vertiginosa e innecesaria. Quieren que compremos, que tiremos, que volvamos a comprar. Lo que mejor cuida el medio ambiente es conservar lo que ya es nuestro, sin generar residuos, porque resistimos, y sin correr detrás de nada, porque no lo necesitamos.
Artículo publicado en la edición número 77 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





