Por Javier Lozano
Fotografía: Manuel Castells / Universidad de Navarra
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.
Erik Varden (1974) nació en una familia luterana no practicante, y un buen día, con 15 años, al escuchar la segunda sinfonía de Gustav Mahler, sobre la Resurrección, su vida cambió. En ese instante, tuvo la certeza de que Dios existe. Años más tarde, ya en la Universidad de Cambridge, ingresó en la Iglesia Católica. La vida monástica tocó su corazón en un retiro, y llegó a ser abad de un monasterio trapense en Inglaterra. En 2019, fue nombrado obispo de Trondheim, en su Noruega natal, desde donde consigue cautivar al orbe católico hablando de la belleza de la castidad, partiendo para ello de su propia experiencia: la percepción negativa que tenía de esta virtud y el descubrimiento maravilloso de este tema tan desconocido hoy por los católicos. Así lo deja patente en su libro Castidad. La reconciliación de los sentidos (Ediciones Encuentro, 2023). Su acierto ha sido presentar de forma atractiva las enseñanzas católicas sin rebajar para ello ni un ápice las verdades fundamentales.
¿Por qué un libro sobre la castidad?
Todo comenzó porque yo tenía una percepción negativa de la castidad, como le ocurre a muchas personas, pero un día pensé: “Tiene que haber más”. Esta percepción equivocada me inquietó aún más cuando entré al monasterio y me topé con las enseñanzas de san Benito. Me propuse descubrir qué había de cautivador en la castidad. Cuando lo entendí, quise compartir este descubrimiento.
Es un término que genera confusión y se malinterpreta con frecuencia…
La castidad implica orientar nuestra energía vital hacia una meta divina que nos asegura el florecimiento como seres humanos. No es lo mismo que el celibato. El celibato es una vocación concreta en la Iglesia; la castidad es para todos, aunque se expresa de diferentes maneras según la etapa o el estado de vida. Pero la tarea clave es la misma: superar la fragmentación, unir todas las “partes” en armonía.
Como dice, a menudo se asocia con el celibato y, en el noviazgo, únicamente con la continencia. ¿Es más que eso?
¡Mucho más! Es una forma de aprender a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás de manera libre, sin intentar poseerlos. Es aprender a amar de forma bella.
¿Por qué esta virtud tiene connotaciones tan negativas?
A menudo, se asocia con la negación de nuestra naturaleza sexual o incluso del sexo. Hay que reconocer que las enseñanzas de la Iglesia sobre la castidad no siempre han sido tan pormenorizadas como podrían haber sido. Tenemos una gran oportunidad: redescubrir este término cristiano crucial como algo que da vida, como un camino hacia el florecimiento y la libertad.
¿Cuáles son los principales beneficios de vivir una vida casta?
Cuanto más unificadas estén nuestras vidas, más libres nos sentiremos. Lo que a menudo causa frustración a las personas es el sentirse arrastradas en diferentes direcciones. La pedagogía de la castidad es una pedagogía de la integridad. Nos enseña a dirigir nuestras vidas y nuestras relaciones personales con integridad.
¿Cómo está relacionada la castidad con nuestros sentidos?
Una actitud y mentalidad castas pueden ayudarnos a percibir más profundamente. Consideremos la vista: ver castamente un objeto hermoso o una persona hermosa es regocijarse en su belleza sin tener la necesidad de poseerla. Esto permite el asombro, la admiración y la gratitud, abriéndome al otro. En cambio, una forma impura de ver al otro es egocéntrica, centrada sólo en mi propia satisfacción. Esta forma de ver es monótona y puede cegarme a las cosas y seres que me rodean, ya que no los veo por lo que son en sí mismos, sino sólo en la medida en que me son útiles.
¿Y cómo está relacionada la castidad con nuestros propios cuerpos?
Es paradójico que, viviendo en una época que se supone que ha dejado atrás todos los complejos sexuales, constatemos que muchos hombres y mujeres se sienten incómodos en sus cuerpos, avergonzados de ellos. Vivir la castidad es aceptarse a uno mismo. La castidad me ayuda a aceptarme a mí mismo tal como soy, y a la vez me permite esforzarme con esperanza, incluso con alegría, hacia lo que puedo llegar a ser. Al igual que todas las virtudes cristianas, parte de la realidad y me llama a elevarme hacia un ideal.
¿La pérdida del valor del cuerpo es consecuencia de la falta de esta virtud?
Es evidente al observar que muchas personas se sienten atrapadas, -prisioneras, en sus cuerpos. Nos estamos alejando de nuestros cuerpos. Desde una perspectiva cristiana, mi cuerpo es parte de mi identidad esencial, llamado al conocimiento de Dios, a la transformación en Dios. Como cristianos, creemos en la resurrección del cuerpo. Es hora de hacer una reflexión profunda sobre lo que este artículo de la fe significa para nuestra experiencia personal de la Encarnación.
¿Cómo evitar caer, por un lado en el moralismo, y por otro en la laxitud?
Percibiéndola como una virtud positiva, no simplemente como un conjunto de prescripciones mortificantes. En su Regla para Monjes, san Benito nos exhorta a “amar la castidad”. En la medida en que cultivemos este amor, no correremos el riesgo de caer en un moralismo frío.
“Necesitamos ser pacientes con nosotros mismos y darle tiempo a la gracia para actuar”
En la carta que los obispos escandinavos escribieron en 2023 sobre la sexualidad decían que “la enseñanza cristiana sobre la sexualidad causa perplejidad en muchos”, pero negaron que diluir esta enseñanza beneficie a las personas. ¿Cómo se pueden transmitir eficazmente estas enseñanzas?
Ante todo, la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad debe contextualizarse en las enseñanzas de la Iglesia sobre lo que es la persona humana, sobre la medida sublime que por la gracia estamos llamados y habilitados para alcanzar. No debemos olvidar que nuestro origen y nuestro fin están en Dios. Esto implica aprender de nuevo lo que significa vivir “en Cristo”, como diría san Pablo.
¿Podría dar algún consejo para cultivar esta virtud?
El autoconocimiento genuino es crucial, lo que incluye el reconocimiento de nuestros deseos y anhelos más profundos. Debemos aprender a convivir con nuestros deseos y dirigirlos, permitiéndoles orientarse correctamente, dar vida. En este trabajo, porque es un trabajo, es importante no caminar solo: necesitamos a alguien con quien hablar libremente, un confidente o consejero. Fuimos creados para la felicidad, la libertad y la plenitud: ninguna fragmentación es definitiva. Por último, es importante, como solía decir el cardenal Newman, recordar que “las grandes cosas requieren tiempo”. Crecer en virtud suele ser un proceso lento. Necesitamos ser pacientes con nosotros mismos y darle tiempo a la gracia para actuar. Finalmente, como diría san Benito: “Nunca pierdas la fe en la misericordia de Dios”.
LA CASTIDAD
La castidad –explica la Iglesia– es una virtud que unifica el ser corporal y espiritual del hombre, ya que integra la sexualidad en la persona. Pero esta virtud no es exclusivamente para vivir bien la sexualidad, está presente en todos los aspectos que nos hacen humanos, y como indica Erik Varden, “es una virtud para todos”, pero cuyo término conviene rehabilitar. El prelado afirma que la castidad no es una negación del cuerpo ni del sexo, sino lo contrario, una afirmación de su valor y dignidad. “Reducir la castidad a una mera mortificación de los sentidos es convertirla en un instrumento de sabotaje contra el florecimiento personal”, explica. En su opinión, es una expresión de la pureza, algo que no se descubre una vez, sino que supone un trabajo diario. Cada persona , casada, soltera o célibe, descubrirá que “cuanto más puro sea su corazón, menos le llamarán la atención los signos de impureza que nos rodean”. La castidad es, por tanto, una virtud liberadora que supone una respuesta amorosa a la llamada de Dios y a su plan para cada uno.
Artículo publicado en la edición número 72 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





