Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Se les llama kidfluencers. Son niños que aparecen en redes sociales mostrando juguetes, haciendo unboxing, bailes o retos, o simplemente enseñando su vida diaria. Muchos son hijos de los llamados family influencers, padres que graban contenido familiar y que, en ocasiones sin pretenderlo, convierten a sus hijos en las estrellas involuntarias de un fenómeno que combina entretenimiento, negocio y exposición mediática.
Como todo lo que tiene que ver con las redes sociales, el auge de los kidfluencers tiene asociados muchos claroscuros. Para el psicólogo Diego Cazzola, el primero de ellos tiene que ver con la ética: “De alguna manera, estamos asistiendo a una conversión del niño en un producto comercial”. En su opinión, “es una desvalorización de la propia dignidad del niño, porque su vida, su intimidad y su desarrollo se exponen a todo el mundo a una edad que no le corresponde”. A su vez, este fenómeno está vinculado a la búsqueda de rentabilidad: “La comercialización del niño transforma la infancia en un espectáculo de consumo, y eso no es sano como sociedad”.
Un negocio rentable
Cazzola da fe de una menor que tiene tantos miles de seguidores en redes que sus posts se han convertido en un negocio familiar y ella ha acabado dejando los estudios. Casos como este suceden porque estamos ante un negocio rentable. Según datos del sector, un influencer con entre 50.000 y 100.000 seguidores puede cobrar entre 500 y 1.000 euros por una publicación patrocinada. Y las cifras se disparan si supera el millón de seguidores, llegando a varios miles de euros por un solo contenido. En los casos más extremos, que ya trascienden nuestras fronteras, se manejan cifras en torno a 20 millones de euros facturados por un solo niño influencer.
«La vida del niño se expone al mundo a una edad que no corresponde»
Sin embargo, detrás de los números hay efectos menos visibles. La presión por mantener la popularidad y el número de likes puede ser devastadora. “Si genera problemas en los adultos o adolescentes, imagínate en los niños”, advierte el psicólogo. “Lo que ocasiona eso es una autoestima frágil y dependiente de que los demás estén validando constantemente mi trabajo, un trabajo que ni siquiera debería hacer. Este peso altísimo sobre los niños acaba por disparar los índices de ansiedad y depresión”.
Igual que los estudios sobre el impacto de las pantallas en el desarrollo infantil desaconsejan su abuso –y en muchos casos su uso–, lo mismo sucede con los menores creadores de contenido. “Lo que necesitan es jugar, relacionarse y aprender fuera del entorno virtual. En lugar de hacer lo que tienen que hacer, se dedican a cosas que no les corresponden”.

¿Padres o managers?
La relación con los padres también se transforma en el caso de estos niños, pues sucede un cambio de roles que altera las relaciones familiares. “Los padres tienden a pasar de cuidar al niño a convertirse en sus managers –lamenta Cazzola–, ¿y quién trae el dinero a casa, el niño o los padres? Hay una inversión de papeles clara”.
Otro riesgo grave es la exposición sexualizada de los menores en redes, pues lo que promueven los algoritmos no son sólo los inocentes vídeos de gatos. También premian los contenidos más llamativos, y en el caso de las niñas eso se traduce a menudo en una estética adulta marcadamente sexy. “Les quitamos la infancia. Les adelantamos el mundo de los adultos y luego van vestidos como no deben”, denuncia el psicólogo.
«Los padres tienen a pasar de cuidar al niño a convertirse en sus managers»
En este sentido, lo que triunfa “no son los estándares de niños, sino los de adultos. Estamos haciendo niñas que parecen maquilladas y vestidas como mujeres”. Esta presión intolerable provoca que, “si tengo mucho éxito o veo que mucha gente sigue mi contenido, eso me anima a seguir”, afirma Rocío Paños, coordinadora de Familias y Bienestar en FAD Juventud. Pero esa exposición tiene un precio: “Esos niños están muy expuestos tanto a lo positivo como a lo negativo, y pueden recibir muchas críticas que minen su autoestima o, al contrario, reforzarla de manera artificial, buscando continuamente un refuerzo positivo” que no les hace mejores personas.
OJO AL EFECTO LLAMADA
Para Rocío Paños, coordinadora de Familias y Bienestar en FAD Juventud, la exposición mediática de los kidfluencers no puede entenderse sin mirar cómo la sociedad celebra y promueve el éxito instantáneo. “Desde los medios de comunicación se está dando mucha visibilidad a casos de éxito en redes sociales, sin hablar tanto de las consecuencias que esto puede tener”, advierte. “Lo que llega a nuestros jóvenes es la idea de que puedes triunfar fácilmente subiendo un vídeo y tener millones de seguidores. Y eso sin duda origina un efecto llamada”. Paños cree que este fenómeno se alimenta de la cultura de la inmediatez en la que estamos inmersos: “Como sociedad tenemos mucha dificultad para esperar y no dejamos de compararnos con otros” en el escaparate virtual. Así, “antes los niños querían ser futbolistas, pero ahora tener éxito significa lograr muchas visualizaciones en Internet”. Y como todos necesitamos sentirnos parte de un grupo, “en la adolescencia esa pertenencia se ha trasladado a las redes sociales”.
VACÍO LEGAL
En España, los menores de 16 años no pueden trabajar salvo en el ámbito del espectáculo, que requiere una autorización laboral especial. Si la actividad de influencer se considera espectáculo o trabajo remunerado, debería estar sujeta a esa regulación, pero de momento no lo está. España trabaja ahora mismo en una nueva normativa para mejorar la protección de los menores en el ámbito digital. El Anteproyecto de Ley Orgánica para la protección de personas menores de edad en entornos digitales, aprobado el 4 de junio de 2024, incluye medidas novedosas como verificar la edad de los usuarios, incorporar controles parentales por defecto, sancionar contenidos generados por IA que vulneren la intimidad infantil, aumentar la edad para consentir el tratamiento de datos… Sin embargo, hay una zona gris legal respecto al papel de los menores como creadores de contenido remunerado. Hasta la fecha no están regulados los límites de horario, la retribución o las obligaciones específicas de los niños influencers y de sus padres.
Artículo publicado en la edición número 78 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las familias católicas de España.





